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En la antigüedad se vestía
muy sencillamente, porque los medios con que se contaba para tejer
las telas eran lentos y la operación relativamente difícil,
y había que economizar el material necesario para los trajes.
Los ricos se diferenciaban más que por las telas que llevaban,
por los adornos de sus vestidos. Había muy pocas costureras,
y el hacer los vestidos no precisaba de mujeres con un oficio especial
para coserlos. Pero en los siglos XIII y XIV el comercio creó
grandes riquezas en Italia, y esto trajo un nuevo lujo en el vestir.
En esto fueron los italianos los primeros, y la ciudad de Milán
daba la moda, no sólo a Italia , sino también al norte
y este de Europa. Con el lujo de los trajes aumentó extraordinariamente
la costura, y cuando, dos o tres siglos después, la máquina
de vapor puso en movimiento los telares y la fabricación
de tejidos comenzó a extenderse en gran escala, disminuyendo
el coste, el pueblo empezó a usar dos o tres veces más
tela que antes, y la costura dio empleo a millares de mujeres y
muchachas de una clase especial en todas las grandes ciudades. Esta
ocupación, que desde los tiempos más antiguos parecía
peculiar de las mujeres, llegó a ser tan general y los jornales
se hicieron tan bajos, que dio lugar a la miseria y sufrimiento
de las que a ella se dedicaban.
En 1843, Tomás Hood publicó
su famoso "Canto de la Camisa", para lamentarse de esta
clase de mujeres que vivían de la aguja ; y es un hecho curioso
e interesante que, hacia esa misma época, se perfeccionó
en Estados Unidos de América la máquina de coser,
viniendo a relevar a estas pobres mujeres del durísimo
trabajo que por largo tiempo las había estado esclavizando.
A pesar de estas condiciones y el
interés que en un principio despertó su aparición,
la máquina de coser no fue bien recibida por las mujeres.
Había el gran temor de que la máquina no pudiera ejecutar
el trabajo con la limpieza, seguridad y perfección con que
lo realizaban los dedos femeninos. Los siglos de práctica,
con la aguja en la mano, habían creado prejuicios y oposición
a todo lo que no fuese trabajo manual, el cual rehusaba ser suplantado
en un solo día. El único cambio que se notaba en la
forma de coser, desde las edades primitivas hasta principio del
siglo XIX , era que se utilizaba una aguja de acero, en lugar de
las de hueso o madera.
Fue la industria, representada por
las fábricas, la que demostró la posibilidad de éxito
de las máquinas de coser y la que forzó su entrada
en las casas particulares. Los fabricantes de adornos, tejidos y
otros artículos, cuya producción dependía hasta
entonces de la práctica y destreza de los dedos humanos,
reconocieron las muchas ventajas de las máquinas de coser.
Esta no sólo reducía el coste de la producción,
sino que la aumentaba a un grado nunca previsto, reduciendo considerablemente
el número de obreros. Utilizando así esta nueva invención,
se extendieron los innumerables grandes almacenes especializados
en la fabricación de ropas hechas para ambos sexos, que en
aquellos tiempos permitieron a todos vestir mejor y a un coste mucho
menor del que pagaban nuestros menos afortunados antecesores.
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