FALTA LA ENERGÍA ELÉCTRICA

 
 


El 9 de noviembre de 1965, a las cinco y siete minutos de la tarde, sucedió en las regiones nororientales de los Estados Unidos un incidente que pudo haber tenido consecuencias catastróficas: una imprevista interrupción del suministro de corriente eléctrica, que en algunas zonas se prolongó durante más de trece horas. El territorio afectado, que equivale, en extensión superficial, a la mitad de España, estaba en ese momento, habitado por 30 millones de personas. Pero el suceso fue más llamativo aún por el hecho de que afectó a la ciudad de Nueva York.

Se trató de la avería más grave de las que han ocurrido desde que el suministro de electricidad se convirtió en un servicio público, y también reveló con claridad meridiana hasta qué punto nuestra existencia, tan tecnificada en la actualidad, depende del disfrute de la energía.

El día 9 de noviembre de 1965 se apagaron todas las luces de Nueva York, a excepción de las pocas instalaciones de iluminación dotadas de generadores autónomos. En nuestra fotografía, tomada a la luz de la luna a las siete de la tarde, hora local, se ve la metrópoli, en particular el sector bancario, sumida en una oscuridad casi total.

Nueva York a oscuras

Todo el territorio afectado quedó sumido en la oscuridad. Se apagaron las farolas de las calles, se oscurecieron los escaparates de las tiendas y los letreros luminosos... y todo ello aconteció en un momento, de improviso. Broadway, que de ordinario es un mar de luces centelleantes, se convirtió en un negro abismo entre fachadas a oscuras, al fondo del cual se veían encendidos tan sólo los faros de los automóviles, que parecían avanzar a tientas.

El tránsito callejero, ya congestionado - el apagón se produjo en una hora punta- , se paralizó por completo, por la sencilla razón de que en los cruces los semáforos quedaron apagados.

En los aeropuertos se apagaron las luces de balizamiento de pistas, y en los que no disponían de grupos autógenos, quedaron fuera de servicio hasta el radar y las torres de control. Si la imprevista falta de corriente eléctrica no tuvo consecuencias desastrosas, de proporciones colosales, fue gracias a la luna que brillaba en el cielo. En la zona de Nueva York hubo que suspender los vuelos, o desviarlos a otros aeropuertos. Las torres de control no funcionaron durante unas seis horas por término medio, con máximas de once horas y treinta y cinco en los aeropuertos internacionales Kennedy y La Guardia .

La zona afectada por la interrupción del suministro de energía eléctrica está situada en la parte nororiental de los Estados Unidos.

Todas las líneas telefónicas que dependían del suministro de corriente eléctrica enmudecieron de repente, y las pocas que quedaron en funcionamiento resultaron en gran parte inutilizadas a causa de la sobrecarga de llamadas. El servicio telegráfico sufrió retrasos de hasta catorce horas, y se paralizaron totalmente los teletipos, tanto los de las empresas privadas como los de los organismos públicos, con lo que se interrumpió la transmisión de noticias, con la lógica consecuencia de que resultaba imposible establecer comunicación con la policía y los bomberos.

En Walpole (Massachusetts), trescientos presos de la penitenciaria estatal aprovecharon la oscuridad para amotinarse; de los disturbios resultaron daños valorados en unos sesenta y cinco mil dólares.

Debido a la paralización de las estaciones de bombeo, sufrieron graves interrupciones el suministro de agua potable y las conducciones de evacuación de aguas residuales. En el barrio de Queens (Nueva York) no pudo restablec erse el servicio de agua corriente hasta la medianoche. Por los mismos motivos se interrumpió también el suministro de gas de la ciudad.

El tráfico ferroviario se paralizó en todo el Estado de Nueva York: las locomotoras de tracción eléctrica se quedaron detenidas a causa de que los pantógrafos no recibían corriente; pero tampoco las de vapor pudieron circular, ante la paralización del sistema de señales. En los trenes detenidos viajaban más de 600.000 personas; rescatarlas resultó una empresa ardua, sobre todo en el caso de los trenes parados en los túneles. Hacia medianoche, a las seis horas y media de que se produjera el apagón, aún quedaban diez mil viajeros atrapados.

Antes de que fuera posible reanudar el tráfico ferroviario, lo que no se consiguió hasta las seis de la mañana, hubo de comprobarse cuál era la situación a lo largo de los 1150 kilómetros de rieles del metropolitano de Nueva York. A las 8,30 de la mañana reemprendió viaje el último de los convoyes detenidos.

El trabajo se amontonó en tiendas, bancos y oficinas, así como en la Bolsa, porque el 10 de noviembre ? es decir, al día siguiente? no se presentó en sus puestos de trabajo casi un tercio de los obreros y empleados de la metrópoli y las ciudades circundantes. Las pérdidas económicas se evaluaron en más de ochenta y cinco millones de dólares.

Lo peor fue para quienes en el momento del apagón se encontraban en los ascensores, los cuales, claro está, se pararon; prisioneros en la oscuridad más total, a menudo apretujados como sardinas, hubieron de aguardar horas (en algunos casos, hasta la madrugada del día siguiente) hasta ser liberados. Dejamos a la fantasía del lector que imagine los insólitos problemas de toda índole que se originaron a consecuencia de semejante situación.

Quienes se encontraban en las carreteras se detuvieron en espera de que la corriente volviera en cualquier momento, como suele ocurrir en estos casos; pero como no había indicios de que fuera a cesar la oscuridad, muchos se dirigieron a pie a su casa, a la luz de los faros de los automóviles; pero sólo podían decidirse por actuar así los que tenían que recorrer poco trecho. Los que debían tomar el tren elevado o el metro, o no encontraron a ningún automovilista que quisiera llevarlos, se quedaron donde estaban. También muchos automovilistas se quedaron bloqueados en pleno barrio comercial de Nueva York, a causa de la paralización de las bombas de las gasolineras, que como se sabe son accionadas eléctricamente. En los hoteles se paralizó el servicio: los ascensores no funcionaban, no salía agua de los grifos...

Mejor suerte tuvieron quienes se hallaban en su casa, pues, al menos, podían disponer de algo de luz sirviéndose de velas; pero la cocinas no funcionaban y hubo que contentarse con cenas frías. Los frigoríficos dejaron de funcionar asimismo, lo que no suponía un contratiempo particularmente desagradable en aquel frío noviembre; no podía decirse lo mismo de las instalaciones de calefacción central, los quemadores, las estufas eléctricas..., en una palabra, de todos los aparatos dependientes del suministro eléctrico. Sólo hubieran podido salir de apuro los poseedores de una vieja estufa de carbón o de una chimenea , pero, ¿quién disponía de ellas en el modernísimo Nueva York?.

Timbres, pulsadores para la apertura automática de puertas, intercomunicadores, aspiradoras, relojes eléctricos, lavadoras, planchas, tostadoras, termos, lavaplatos, en suma, cuanto en una casa funciona por medio de electricidad, dejó de ser utilizable. Pero éstos fueron los males menores.

Por supuesto, aquella noche no hubo conciertos ni espectáculos teatrales o cinematográficos; los aparatos de radio enmudecieron y las pantallas de los televisores se apagaron. No se encontraban en mejor situación quienes disponían de una radio de transistores, por la sencilla razón de que no todas las estaciones de radio disponían de grupos autógenos. Y las que proseguían la emisión se limitaban a transmitir con monotonía noticias sobre el apagón.

Fue como regresar de pronto a tiempos remotos, y así, los hombres se interesaron de nuevo unos por otros, y tuvieron tiempo que dedicar al prójimo. Fue una clara demostración del hecho de que la moderna civilización tecnológica, con sus mil atractivos, da lugar a que los hombres se sientan extraños con respecto a sus semejantes. ¿Qué ocurrió?

¿Qué tipo de avería (en todo caso, grave) había paralizado repentinamente tan complejas instalaciones? ¿Había saltado un transformador o explotado una central? ¿Acaso se habría estrellado un avión contra una línea de alta tensión? ¿Se habría producido, quizás, en algún punto de las líneas eléctricas, un enorme cortocircuito, o bien, hipótesis extrema, se trataba de un acto de sabotaje? Nada de eso. La electricidad era suministrada a la zona afectada por docenas de centrales, con una potencia instalada de casi 50 millones de kilovatios. El transporte de la energía se realizaba a través de una compleja red de líneas aéreas y subterráneas, que podía ser alimentada en todos sus puntos por varios canales. En un sistema así, a veces se produce una avería en una central o se interrumpe el paso de fluido en una línea, lo que sucede con cierta frecuencia; pero resulta fácil intervenir, restableciendo el suministro con energía procedente de otra central, suministrada a lo largo de otra línea. ¿Cómo fue posible, pues, que fallara completamente el sistema de suministro de un territorio tan vasto y durante tantas horas?

Lo más extraño es que no había ocurrido nada de particular. La investigación que se inició inmediatamente, encaminada a descubrir el origen del apagón, no dio resultado positivo. Todas las maquinarias, los transformadores, los conmutadores, las centrales, los electrodos, las instalaciones de seguridad, los desviadores, etc., funcionaban perfectamente. Sin embargo, en cuatro segundos, docenas de conmutadores habían quedado bloqueados, interrumpiendo el paso de la corriente a la red de alimentación de los principales puntos de conexión, con lo que todo el complejo de las centrales eléctricas se quedó «atascado».

El origen de todo estaba en un pequeño relé de protección de una de las cinco grandes centrales del Niágara, cuya función específica era proteger de la sobrecarga las líneas eléctricas. Las cinco líneas que de él partían se dirigían en dirección Norte, hacia el Canadá, y puesto que no contribuían directamente a la alimentación del territorio afectado, hicieron muy difícil la identificación de la causa del incidente. El relé de protección resultó ser más sensible de lo necesario, de modo que, en un momento dado, durante las horas de máximo paso de fluido, éste superó un poco la cota media, lo que, por cierto, no podía causar serios daños; pero el relé saltó, desprendió un contacto e interrumpió el paso de fluido eléctrico en la línea correspondiente, para protegerla de la sobrecarga. El relé cumplió, pues, su función, pero ¡con qué resultados!

El relé saltó exactamente a las 17 horas 16 minutos y 11,2 segundos del 9 de noviembre de 1965. Al quedar desconectada la línea eléctrica correspondiente, la energía transportada por ella fue canalizada hacia los otros cuatro electrodos, los cuales se vieron así sobrecargados; al cabo de 2,6 segundos «saltaron» uno tras otro los respectivos relés de protección.

La corriente total transportada era de casi 1,5 millones de kilovatios. Una potencia de este género no se puede «parar» como un aspirador, sencillamente, porque es demasiado grande. Así, pues, resultó que, de repente, las centrales se encontraron produciendo electricidad a toda potencia, sin que la energía se consumiera. Cierto que las turbinas están provistas de dispositivos que adecuan la producción de energía al consumo, mas para que funcionen han de transcurrir siempre unos segundos; esos segundos fueron suficientes para alterar el sistema.

En los primeros momentos, la energía producida se vertió hacia la única salida que le quedaba: la red de alimentación de la parte nororiental de los Estados Unidos. Se imprimió así una repentina aceleración a todas las máquinas eléctricas de la zona y bastaron algunas fracciones de segundo (concretamente, 0,9 segundos) para que los relés de protección de las máquinas reaccionaran y bloqueasen los circuitos, con la consecuencia de que la situación normal de funcionamiento quedó alterada hasta tal punto que resultaron vanos los esfuerzos realizados por cada una de las centrales para mantener en funcionamiento la red. La alteración era de tal magnitud, que hacia las 17:28 se paralizó el suministro de energía en todo el territorio. El lector de la página se preguntará cómo pudo suceder esto, dado que las medidas de seguridad debían prever todas las coyunturas, excluyendo dicha eventualidad mediante dispositivos automáticos. Como es obvio, incluso el caso específico que se planteó se había previsto y se habían tomado todas las precauciones oportunas, salvo una: no se tuvo en cuenta la posibilidad de que los cinco electrodos que llevaban energía al Canadá pudieran quedar bloqueados.

Ciertamente, no existe dificultad para volver a unir a la red de distribución una máquina o un complejo de máquinas que hayan quedado desconectadas: se ponen en movimiento, se «sincronizan», se vuelven a conectar a la red y funcionan de nuevo. Pero cuando queda paralizada toda la red, las dificultades son mucho mayores.

Supongamos que hemos de poner en movimiento una gran máquina eléctrica. En primer lugar, hay que disponer de energía eléctrica para las instalaciones auxiliares, las bombas de aceite, etc., del mismo modo que un automóvil necesita de un motor auxiliar de puesta en marcha. De ordinario, la corriente necesaria se obtiene de la red de distribución; pero si ésta no funciona, es evidente que no se dispone de corriente. ¿Dónde encontrar, pues, la indispensable para la puesta en marcha? Está claro que es preciso suministrársela a la planta, es decir, la central eléctrica,, con un grupo autógeno; pero en el Estado de Nueva York se hizo más difícil reanudar la distribución por el hecho de que la zona de máximo consumo era alimentada por un complejo de cables de alta tensión de 585 kilómetros de longitud, la red de cables de alta tensión de mayor longitud del mundo. Pero esos cables sólo pueden utilizarse recurriendo a complejas medidas de seguridad, porque se comportan como condensadores y generan grandes diferencias de potencial cuando se les pone en tensión sin una carga adecuada. Fue preciso, por tanto, llevar a cabo una serie de manipulaciones largas y complejas.

Como es obvio, de este episodio se extrajo una enseñanza técnica, gracias a la cual estos hechos no se repetirán en el futuro.

Pero lo que ocurrió en la región nororiental de los Estados Unidos ha supuesto una lección para todos, no sólo para los técnicos directamente interesados, ya que nos ha permitido comprobar hasta qué punto nuestra sociedad depende de la distribución de electricidad y de otras formas de energía. La electricidad ha llegado a ser para nosotros casi tan vital como los alimentos, el agua y el aire. En nuestros días, una gran ciudad no puede subsistir sin energía eléctrica.

Para comprenderlo, hay que saber primero qué es la energía, cómo se produce, se transforma, se transporta y se distribuye, cómo es posible que la potencia destructiva contenida en las aguas del Niágara que se precipitan estruendosas, o bien la desarrollada por el combustible de un reactor nuclear, puede ser introducida en las minúsculas bombillas de nuestros hogares, sin que las destruya.

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