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Toda transformación de energía presupone
el desarrollo de una técnica particular. Piénsese tan
sólo en la construcción de los modernos aparatos eléctricos,
o bien, en la puesta en marcha de una central termoeléctrica
o nuclear. En las primeras fases de la Historia, el hombre sólo
pudo servirse de las fuentes naturales de energía, que se la
suministraban directamente en la forma en que la producían.

La
pequeña aspa dispuesta en el techo de los molinos de
viento se utiliza para poder orientar la grande según
la dirección en que sopla el viento. |
Hace
unos trescientos cincuenta mil años, el hombre logró
servirse del fuego, acontecimiento que señaló
el «comienzo de la técnica». Ignoramos
cuándo empezó a utilizar el hombre otras fuentes
de energía; pero, desde luego, las primeras empleadas
fueron la fuerza del viento Y del agua, dado que una v otra
son las únicas fuentes naturales de energía
mecánica, la que más precisa el hombre para
alimentarse y para calentarse.
Probablemente,
la primera forma de aprovechamiento de la energía mecánica
fue la utilización de la vela.
Los
rayos solares tienen tanta fuerza que, en un día caluroso
de verano, en la zona templada del globo (por ejemplo, Europa
o América del Norte), consiguen calentar el aire a
20° C a ochocientos metros de altitud. Sin embargo, tal
calentamiento no es uniforme, sino que depende en alto grado
de las características del suelo. Así, por ejemplo,
en un bosque el aire se mantendrá más fresco
que en una superficie llana arenosa, porque las plantas absorben
grandes cantidades de calor solar, almacenándolo en
forma química, en tanto que un terreno llano refleja
mucho más el calor o la luz del Sol, de modo que contribuye
al recalentamiento del aire. |

Las
corrientes de aire ascensionales se forman en aquellas zonas
en las que el aire se caldea más, en razón de
las características propias del terreno. |
El
aire caliente pesa menos que el frío. Una disminución
de 10° C representa una diferencia de más de cincuenta
gramos por metro cúbico de aire. Debido a ello, en
las zonas donde el aire se calienta se dirige hacia lo alto;
así se forman «corrientes ascensionales»,
a menudo suaves, que son muy apreciadas por quienes practican
el vuelo a vela.
Evidentemente,
el aire que impulsan hacia arriba las corrientes ascensionales
debe ser sustituido por otro que ocupe su lugar; se forman
así los vientos que todos conocemos. Durante los días
especialmente calurosos, las corrientes ascensionales localizadas
que originan las tempestades pueden alcanzar velocidades de
100 kilómetros por hora, con la formación de
violentos torbellinos a nivel del suelo. Los vientos normales
se forman, en cambio, en las zonas donde las corrientes ascensionales
están más bien localizadas. |

Los
pilotos de los planeadores pueden alcanzar grandes altitudes
aprovechando las corrientes ascensionales. |
Si
en su camino el viento encuentra una superficie, ejercerá
una presión sobre ella, porque el aire se adensa delante,
con el consiguiente aumento de presión; además,
causará un remolino, fenómeno al que de ordinario
se presta menos atención. Ello sucede en las superficies
sobre las que resbala (resulta fácil comprobar que el
polvo y las hojas que caen de los árboles no son simplemente
transportados por el viento a nivel del suelo, sino que los
levanta y les obliga a girar en remolinos). |

El
viento presiona sobre la vela, y ésta, a su vez, sobre
el barco, el cual puede avanzar aunque las direcciones no
coincidan. |
Su
fuerza de empuje y su capacidad de producir remolinos dan
lugar a que el viento sea una fuente de energía utilizable
por el hombre.
Energía eólica
La fuerza que ejerce el viento sobre cualquier
superficie que se le oponga perpendicularmente depende, en
primer lugar, de la extensión de dicha superficie y
de la velocidad del viento; la fuerza de presión del
viento varía proporcionalmente al cuadrado de la velocidad,
o, dicho de otro modo, a doble velocidad, la fuerza de presión
es cuádruple. Una brisa fresca que mueva apenas el
ramaje y se desplace a una velocidad de treinta kilómetros
por hora, suficiente
para la navegación a vela, ejerce una presión
de seis kilográmetros por metro de superficie, energía
suficiente para impulsar las cometas, mover las barcas de
vela y hacer girar las aspas de los molinos de viento. |
Para obtener tal resultado, en general conviene disponer la superficie
- de la cometa, la vela, el aspa del molino de viento – de
forma oblicua con respecto a la dirección en que sopla el
viento, el cual, de este modo, chocará con la superficie
en una dirección distinta de aquella en que se mueve. Así
se aprovecha mejor su fuerza.

En
muchos países de escasa lluviosidad se utilizan todavía
hoy los molinos de viento para elevar el agua necesaria para
el riego de los campos. |
Si se dobla una superficie, de modo que el viento penetre
debajo de ella, en cuanto sople en sentido horizontal la levantará;
según este principio funciona la cometa, empleada todavía
en el siglo XVIII para efectuar investigaciones físicas
en las capas superiores de la atmósfera. Son célebres
los experimentos realizados por Benjamín Franklin,
quien en 1752, gracias a una cometa, pudo comprobar la naturaleza
eléctrica de las tormentas. A tal fin, el estadista
y científico norteamericano elevó una cometa
hasta una nube tormentosa, observando que brotaban chispas
a lo largo del hilo de cobre que llegaba hasta el suelo. Hoy,
para llevar a cabo experimentos similares disponemos de instrumentos
científicos muy perfeccionados, por lo que, en la actualidad,
la cometa no es sino un juguete y una diversión.
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Barcos
de vela
La vela actúa según el mismo principio.
En su origen, las naves eran empujadas por remos manejados por esclavos,
en número de tres o cinco para cada remo, y más tarde
por galeotes, es decir, por forzados. Las galeras, que tenían
hasta trescientos remeros, surcaron los mares hasta el siglo XVIII.
Pero ya en la Antigüedad se empezó a utilizar la vela,
cuyo uso puede comprobarse a partir del año 3000 a. de J.C.
Sin embargo, sólo se recurría a las velas cuando el
viento soplaba en la dirección en que el barco debía
avanzar. Más adelante se pensó en disponer oblicuamente
la vela al viento; el arte de navegar a vela consiste, precisamente,
en colocar la vela de modo que pueda tomar el viento y haga avanzar
la nave, aun cuando el rumbo en que ésta deba ir no coincida
con la dirección en que sopla el viento.

Las
embarcaciones de vela aprovechan la energía del viento
para avanzar. Vemos aquí un grupo de veleros en el
curso de una regata. |
Incluso
se puede llegar a aprovechar el viento contrario, es decir,
como se dice en términos marineros, «dando bordadas».
Hasta 1819, los mares sólo fueron surcados por buques
de vela; pero en ese año, el primer buque de vapor,
el Savannah, atravesó el océano Atlántico.
Partió de la ciudad americana cuyo nombre llevaba y
llegó a Liverpool veintiséis días más
tarde; sin embargo, durante el viaje el Savannah tuvo que
recurrir al concurso de las velas.
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Molinos de viento
Pero la forma tradicional de empleo de la energía
eólica es la de los pintorescos molinos de viento, que no
se distinguen, sustancialmente, de las más modernas turbinas
de vapor. El movimiento, producido en los molinos por el viento
que sopla sobre las aspas oblicuamente, se origina en las turbinas
por el flujo del vapor que empuja las palas móviles. En uno
y otro caso, el fluido (vapor o viento) imprime un movimiento de
giro a una parte rotatoria, produciendo así un trabajo.
Huracanes y tifones
Ya hemos dicho que la presión ejercida por
el viento sobre una superficie aumenta proporcionalmente al cuadrado
de la velocidad del viento; dicho de otro modo, cuando se acrecienta
la velocidad del viento, su fuerza aumenta con bastante rapidez, hasta
alcanzar valores muy altos y producir efectos destructores. Los vientos
del orden de los cien kilómetros por hora (28 metros por segundo),
que no son nada raros, desarrollan una presión de 71 kgm por
metro cuadrado; estas cotas las alcanzan a menudo el mistral en el
valle del Ródano, la bora, que sopla en el Adriático
septentrional, y el föhn alpino. Cuando superan estas velocidades,
los vientos pueden arrancar árboles de cuajo y levantar tejados,
y su fuerza es tal que resulta difícil mantenerse en pie. Pero
esto es poca cosa si lo comparamos con los efectos devastadores que
producen huracanes y tifones, que en su epicentro pueden alcanzar
velocidades de hasta ochocientos kilómetros por hora; las presiones
correspondientes equivalen, en el caso de estos vientos, a varias
toneladas por metro cuadrado.
Las fuerzas desencadenadas por la naturaleza son gigantescas, y,
comparativamente, hasta las mayores energías controladas
por el hombre son insignificantes. Por ejemplo, la potencia de un
huracán se evalúa en algunos miles de millones de
CV, es decir, que supera con creces la potencia conjunta de todas
las centrales que existen en el mundo.
La energía total de los vientos ha sido calculada en 4,4
billones de kWh, cifra que supone seis mil veces la producción
mundial de energía.
En la actualidad todavía se aprovecha una parte mínima
de esta potencia. Claro que la energía eólica presenta
las desventajas de que es muy irregular y facilita rendimientos
muy reducidos. En consecuencia, la fuerza del viento apenas se ha
utilizado, hasta ahora, más que para bombear el agua, molturar
cereales y aserrar madera, trabajos que no han de realizarse en
un período de tiempo determinado y que requieren escasa energía.

Si
se cierra el curso de un río mediante un dique se forma
un embalse que, al elevar el nivel del agua, permite crear
un salto suficiente para poner en movimiento las turbinas
de una central hidroeléctrica. Cuanta más longitud
tiene el salto, tanto mayor es la energía del agua. |
Energía hidráulica
A diferencia de lo que ocurre con la eólica,
la energía hidráulica es todavía hoy
muy aprovechada. Aunque no de manera uniforme, el agua corre
sin cesar; además, puede recogerse en los períodos
de abundancia, en previsión de las épocas en
que escasea; en fin, suministra energía que supera
centenares de veces la del viento. Por término medio,
se puede calcular que el 1,8 % de las necesidades energéticas
mundiales se cubre gracias a las instalaciones eléctricas;
las cotas máximas se sitúan en países
como Noruega o Suiza, que disponen de abundantes cursos fluviales.
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Según cálculos efectuados, resulta
que el calor solar evapora cada año 400.000 kilómetros
cúbicos (es decir, cuatrocientos billones de toneladas) de
agua marina. El vapor de agua es impulsado a las alturas por corrientes
ascensionales y se condensa en nubes en los estratos superiores
de la atmósfera, ya que el aire que abandona los estratos
superiores se enfría. Esta agua evaporada por los rayos solares
se precipita en forma de lluvia, tres cuartas partes de la cual
caen en los mares, y la cuarta parte restante sobre las tierras
emergidas. Ahora bien, de esta última masa de lluvia, no
toda contribuye a formar los cursos de agua capaces de accionar
nuestras instalaciones hidroeléctricas, por cuanto dos tercios
de ella se vuelven a evaporar, de modo que sólo quedan 37
billones de toneladas, es decir, el 9 % de la masa total.

Construcción
de un complejo en la década del '60 destinado al aprovechamiento
de la energía de las mareas en la costa septentrional
de Francia, cerca de Saint-Malo. Como se ve, dos gruesos diques
protegen
las obras, en el centro de las cuales surge la verdadera central,
de casi doscientos metros de longitud. La instalación,
ya terminada, aprovecha la diferencia de nivel que se da entre
el flujo y el reflujo en la desembocadura del Rance, en el
Canal de la Mancha, para producir electricidad. |
Pese
a ello, la potencia conjunta que se obtiene alcanza los 8,5
miles de millones de CV. Estas cifras revelan mucho mejor
que cualquier otro término de comparaciónn la
inconmensurabilidad de la energía irradiada por el
Sol.
El
aprovechamiento de las fuerzas hidráulicas proporciona
grandes cantidades de energía sin tener que recurrir
a costosas instalaciones, razón por la cual ya en las
épocas más remotas se emplearon norias en todos
los rincones del mundo. Y
así, en 1700 a. de J.C. se utilizaban en Babilonia
para regar los campos; en el siglo I a. de J.C., Vitruvio
describía un molino de agua. En el año 700 de
nuestra era, en toda Europa existían molinos, serrerías
y fundiciones movidos por la fuerza hidráulica. A Leonardo
da Vinci se debe también la invención de una
rueda hidráulica «por arriba», en la cual
el agua que la hace girar actúa por efecto de su propio
peso, a lo que se agrega el efecto dinámico debido
a la velocidad con que golpea contra las palas (rueda hidráulica
«por debajo»). |
Energía potencial y energía
cinética
Al llegar a este punto conviene recordar que existen
dos formas distintas de energía mecánica: la potencial
y la cinética.

Rueda
de agua "por arriba". |
Si
levantamos la pesa de un reloj de sobremesa (dijimos un kilogramo
a la altura de un metro), efectuamos un trabajo (1 kgm). La
energía correspondiente la posee la pesa, en forma
de energía potencial. Al descender, la pesa cede la
energía al mecanismo del reloj, que vence así
los rozamientos y se mantiene en movimiento. Cuando la pesa
llega al final de su recorrido, la energía que poseía
se ha consumido por completo y el reloj se detiene.
También
el Sol, al transmitir un empuje ascensional al agua (en forma
de vapor) le proporciona energía, de parte de la cual
nos beneficiamos para nuestros usos, aprovechando el agua
que desciende hacia los valles por los torrentes y hacia el
mar por los ríos. |

Rotor
de una turbina hidráulica Francis. |
En los teleféricos se emplea todavía este sistema
de manera elemental: el aljibe de que dispone la vagoneta
superior se llena de agua, hasta que el exceso de peso la
hace descender, tirando hacia arriba de la vagoneta que se
desplaza en sentido inverso.
Del mismo modo funciona la rueda hidráulica «por
arriba» antes mencionada; en ella, la circunferencia
no está provista de palas, sino de cangilones. El agua
es conducida, mediante un canal, hasta el punto más
alto de la rueda, donde llena el cangilón correspondiente,
el cual, una vez lleno, se desplaza y cede su energía
potencial a la rueda.
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A diferencia de la rueda «por arriba», la rueda «por
abajo» aprovecha la energía del movimiento, llamada
energía cinética. En todo cuerpo en movimiento hay
contenida, o, como se dice en términos científicos,
asociada, una forma de energía mecánica directamente
proporcional al cuadrado de la velocidad. En otras palabras, un
objeto de masa m que se desplace con la velocidad v, posee una energía
cinética que vale mv2/2. Es ésta una relación
que se ha observado ya en la fuerza del viento. La rueda hidráulica
«por debajo» está provista de palas que se hallan
sumergidas en el agua; dichas palas o alabes ofrecen resistencia
a la corriente, a la que sustraen parte de su velocidad y, por tanto,
de su energía cinética; dicho de otro modo: el agua
corriente las empuja e imprime un movimiento de rotación
a la rueda. La diferencia con respecto al viento consiste, simplemente,
en que la fuerza con que se efectúa el proceso es 770 veces
mayor, y ello por la sencilla razón de que el agua tiene
una masa 770 veces mayor que la del aire, tal como puede comprobar
quien trate de resistir erguido la fuerza de una corriente de agua.
Hasta las menores ruedas hidráulicas se caracterizan por
la notable energía que proporcionan.
El elevado potencial de energía de las aguas corrientes
explica también por qué las inundaciones causan tan
enormes destrozos. Cuando cede una presa en la cabecera de un valle,
toda la energía potencial del agua recogida en la cuenca
hidráulica se libera de pronto, y la masa líquida
se precipita hacia el valle arrasando cuanto se interpone en su
camino. Las inundaciones constituyen una de las más temibles
catástrofes naturales.
Pero no se requieren catástrofes de tal magnitud
para comprobar la energía potencial del agua. Ya se sabe
que basta un fuerte oleaje para desplazar a varios metros masas
de muchas toneladas. El hombre trata de protegerse contra el oleaje
mediante rompeolas, y de los peligros de las inundaciones con diques;
pero todavía con cierta frecuencia la naturaleza demuestra
que es más fuerte.
Las turbinas hidráulicas
Lo que antaño se obtenía modestamente,
mediante las ruedas hidráulicas de los molinos, hoy se consigue,
en proporciones bastante mayores, gracias a las turbinas hidráulicas,
que existen ya desde hace mas de siglo y medio. En determinado momento,
técnicos y constructores llegaron a la conclusión de
que en las ruedas hidráulicas sólo trabajaban las pocas
palas que se hallaban en contacto con el agua, mientras todas las
demás quedaban inoperantes, una vez en seco. Se construyeron,
pues, ruedas hidráulicas completamente sumergidas, con los
alabes dispuestos oblicuos, como en los molinos de viento, que se
tomaron como modelo para construirlas. El ejemplo más típico
es el de la turbina hidráulica de hélice (tipo Kaplan),
en la que se repite, básicamente, el esquema de la rueda de
viento, con la diferencia de que la fuerza del agua que sobre ella
actúa es muchísimo mayor. Las turbinas de este tipo,
de eje vertical, se construyen para potencias de hasta 565.000 CV;
tienen un diámetro de diez metros y figuran entre las máquinas
más potentes que hoy existen.

Izquierda:
Rotor de una turbina hidráulica de hélice tipo
Kaplan, con palas móviles. Derecha Rotor de una turbina
del tipo Pelton. |
Si, por el contrario, como suele ocurrir en las montañas
el agua es escasa, pero, en compensación, el salto que efectúa
(es decir, la diferencia de nivel entre el punto de confluencia
del agua y el de utilización donde esta situada la turbina
) es importante, se recurre preferentemente a la turbina Pelton
. Se trata de una turbina hidráulica constituida por un rotor
en forma de rueda de gran diámetro y de eje por lo común
horizontal, sobre el cual cae tangencialmente el chorro de agua,
el cual choca contra las palas, que tienen forma de cuchara doble
con un borde cortante en el centro. El chorro, partido por dicho
borde, se divide en dos brazos, que se dirigen hacia las dos cazuelas
laterales. Las turbinas Pelton resultan idóneas para el aprovechamiento
de saltos muy elevados.

Una
central hidoreléctrica con conducciones de agua forzadas.
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Turbinas
de una central eléctrica junto al Río Ill, afluente
del Rin. |
También se ha propuesto, para producir energía, el
aprovechamiento de las marcas; mejor dicho, el de la amplitud de
las mareas, o sea, la diferencia del nivel entre el flujo (marca
alta) y el reflujo (o marca baja). Como ya se sabe, las mareas son
oscilaciones periódicas del nivel de las aguas del mar debidas,
sobre todo, a la atracción gravitacional de la Luna; como
resultado de ellas, donde hay marea alta, una masa de agua de un
kilogramo resulta casi 1/6 miligramo menos pesada que el agua en
fase de reflujo. Aun cuando sea pequeña, esta diferencia
basta para levantar un elemento móvil como el agua. Cierto
que la «onda de marea» solo tiene unos centímetros
de altura en el mar abierto, pero no menos cierto es que se mueve
a lo largo de la Tierra siguiendo el movimiento aparente de la Luna,
de Oeste a Este, con lo que en las costas llega a alcanzar valores
mucho más importantes, del orden de varios metros. En circunstancias
particulares, como las que se dan, por ejemplo en la bahía
de Fundy, en la costa oriental del Canadá, la amplitud equivale
a 21 metros , lo cual supone que en cada marea alta y baja entran
y salen de la bahía cien mil millones de toneladas de agua.
Tras una serie de experimentos limitados, en Francia , por ejemplo,
se construyo en la década del '60 una central para aprovechar
la marea a fin de producir energía eléctrica; el complejo
se levanta en la desembocadura del Rance, en la costa de Bretaña
(Francia), donde la amplitud alcanza trece metros. La central, con
una potencia de 320.000 CV, consiste esencialmente en un dique y
un gran receptáculo, donde penetra el agua con el flujo y
sale con el reflujo. Las turbinas, de tipo especial, con objeto
de aprovechar la acción de grandes masas líquidas
con un pequeño salto y capaces de funcionar tanto en un sentido
como en el contrario, están situadas en correspondencia con
el dique y aprovechan la energía de las dos corrientes: la
de entrada y la de salida. Hacia 1972 se inauguro una presa similar
a la del Rance, obra rumano-yugoslava, situada aguas abajo de las
Puertas de Hierro.
La desventaja que presentan las centrales de este tipo (mareomotrices)
estriba en que durante el período de equilibrio entre las
dos fases no se produce salto y, en consecuencia, no hay posibilidad
de producir energía; de ello se deriva que las centrales
que aprovechan la marea sólo pueden funcionar en conexión
con otras centrales, a las cuales corresponde el suministro de energía
durante tales períodos.
La energía así obtenida constituye una excepción,
puesto que no procede directamente del Sol.
Ver
más: UTILIZACIÓN
DE LA FUERZA DEL VIENTO : El viento usado como fuerza motriz para
la impulsión de barcos a vela y generación de energía
desde tiempos antíguos .
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