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Bloque
de acero incandescente recién salido del crisol.
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Ya
sabemos que el calor es una forma de energía. Pero, ¿qué
explicación se puede dar al hecho de este fenómeno,
que lo mismo aparece en forma agradable que en forma destructiva,
y en un grado que produce energía y efectos mecánicos?
Y no sólo esto: al calor debemos que los filamentos de
tungsteno de las bombillas se pongan incandescentes y den luz;
además, el calor produce transformaciones químicas:
deshace y licua sustancias sólidas, endurece los huevos,
evapora los líquidos, aumenta el volumen de todos los
cuerpos, eleva la presión de los gases encerrados en
un recipiente...Y no es esto todo: basta frotarse las manos
para producir calor, y el contacto para transmitirlo; se puede
concentrar en una lente y conservarlo en un termo; pero, y esto
constituye el aspecto más importante y enigmático
de este fenómeno, es que el calor que proviene del Sol
llega a la Tierra, aunque en el espacio intermedio no hay nada
que pueda transmitirlo. |
Antes de afrontar el problema de la esencia de esta manifestación
tan proteiforme, debemos darnos cuenta de que lo que los sentidos
perciben como calor, lo que llamamos sensaciones de calor y quemadura,
no son el calor, sino, sencillamente, las modalidades según
las cuales el organismo toma conciencia de la presencia de esta
forma de energía. Dicho de otro modo: lo que percibimos como
calor no es sino uno de sus muchos efectos.
Se trata, pues, de enunciar una definición capaz de aclarar
todas estas manifestaciones, cuya multiplicidad contribuye a aumentar
las dificultades de la tarea, hasta el punto de que durante siglos
los científicos se empeñaron en discusiones interminables,
hasta que acabaron por alinearse en dos campos opuestos.

Observando
al microscopio los gránulos de polen en suspensión
líquida, se advierte claramente que sufren, por parte
de las moléculas del propio líquido, una serie
de choques que les imprimen una especie de movimiento continuo
en zigzag, expresión del «movimiento browniano»
de las moléculas. |
Según
unos, el calor era una especie de fluido invisible, carente
de peso, al que se dio el nombre de flogisto; se le suponía
presente en los cuerpos combustibles o en los metales, de
los cuales se liberaba durante la combustión o la oxidación.
Esta concepción tan simple como eficaz estuvo en auge,
sobre todo, durante el siglo XVIII .
La otra teoría afirmaba, en cambio, que el calor, lejos
de ser un fluido que se transmitiera de un cuerpo a otro,
constituía una condición del propio cuerpo y
precisamente una especie de movimiento; la doctrina fue propuesta
por Francis Bacon en 1620. La discusión entre los partidarios
de ambas teorías no se resolvió hasta 1789,
gracias a Rumford (1753 - 1814), quien, mediante un experimento
físico ideado por él, logró demostrar
que, frotando dos cuerpos entre sí, se puede producir
una cantidad ilimitada de calor. Evidentemente, tal comprobación
resultaba inconciliable con la idea del flogisto, que no podía
hallarse en un cuerpo en cantidad ilimitada. Estaba claro,
por tanto, que el calor era movimiento. |
En este punto es inevitable preguntarse cómo debe entenderse
el movimiento en cuestión, dado que un cuerpo inmóvil,
por ejemplo una estufa, puede irradiar calor. Y sorprende comprobar
cómo algunos hombres geniales describieron ya el fenómeno
mucho antes de poder saber de qué se trataba en realidad.
Así, por ejemplo, Robert Hooke (1635 - 1703) afirmó,
y la definición es exacta, que el calor no era sino una rápida
y violenta «excitación de las partículas de
un cuerpo». Se trataba, en otras palabras, de un temblor o
agitación de las moléculas, cuya existencia era todavía
hipotética en la época de Hooke.
Se llama moléculas a las partículas más pequeñas
en que puede dividirse una sustancia, más allá de
las cuales una ulterior subdivisión es, no sólo imposible,
sino inimaginable, manteniendo la sustancia sus características
propias. Si se procede a la escisión de una molécula,
hay que recurrir a medios químicos y físicos particulares,
y entonces ya no se tiene la sustancia como tal, sino los átomos
de que se compone la molécula; o, en otras palabras, la sustancia
queda reducida a los elementos químicos (ulteriormente ya
no escindibles) de los que se compone.

Cuando
dominó la fuerza destructora del fuego y la convirtió
en utilizable, el hombre dio un paso decisivo hacia el progreso
tecnológico. Casi toda la energía que empleamos
se presenta en forma de calor, o bien, se obtiene del calor.
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El
agua, por ejemplo, no es un elemento químico, y en
consecuencia, no existen átomos de agua. Su unidad
más pequeña es la molécula de agua, compuesta
por dos átomos de hidrógeno y un átomo
de oxígeno. Si se opera mediante electrólisis
la escisión de una molécula de agua, lo que
se obtiene ya no es agua, sino los dos gases - oxígeno
e hidrógeno - que componen el agua.
Cuanto se ha dicho tiene por objeto aclarar por qué,
además de átomos, aquí se habla de moléculas.
En
el caso del calor debía tratarse, pues, de un temblor,
de un movimiento de las moléculas, y todas las dudas
desaparecieron cuando el botánico inglés Brown
observó en 1827 un fenómeno que desde entonces
se denomina «movimiento browniano».
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El
movimiento browniano
Brown
comprobó que partículas pequeñísimas
- por ejemplo, gránulos de polen - suspendidas en un líquido
o en un gas efectuaban movimientos desordenados, en zigzag. Las
partículas en cuestión se trasladaban de aquí
para allá como si fueran atraídas por fuerzas invisibles.
La causa de tales movimientos nos lleva, precisamente, al de las
moléculas de los líquidos y los gases, que ni siquiera
utilizando los microscopios más potentes resultan visibles;
sin embargo, cuando chocan con partículas pequeñísimas,
pero visibles al microscopio, las hacen moverse desordenadamente
en todos los sentidos. Cuanto mayores son estas partículas,
menor es la importancia del movimiento browniano, que, en cambio,
se acrecienta si aumenta la temperatura del líquido o del
gas. Ello constituye una prueba evidente del hecho de que las moléculas
están en continuo movimiento, tanto mayor cuanto mayor es
la temperatura de la sustancia.
Teoría
cinética del calor
Dado
que en todo cuerpo en movimiento hay contenida - como ya sabemos
- energía cinética el movimiento browniano significa
también energía, y precisamente energía mecánica;
hemos visto ya, en efecto, que la energía cinética
no es sino una forma de la energía mecánica. Desde
el punto de vista físico, en consecuencia, no existe una
energía térmica particular. El calor no es más
que el movimiento de las moléculas, y la presunta energía
térmica, la energía cinética de las moléculas.
A esta teoría de lo que es el calor se le da el nombre de
«teoría cinética del calor».
Si
la teoría es exacta, se desprende de ella que debe existir
una temperatura mínima que no se puede sobrepasar, precisamente
la que corresponde a la ausencia total de movimiento molecular;
está claro que la ausencia del movimiento en cuestión
constituye un límite insuperable. Y, en efecto, existe un
«cero absoluto», un concepto al cual se llega mediante
consideraciones termodinámicas y que equivale a los - 273,15°
C; en la práctica, mediante maquinarias muy perfeccionadas,
manejadas por técnicos muy cualificados, casi se ha llegado
a alcanzarlo, pues se ha logrado una aproximación de una
décima de grado; pero, como sucede en todos los límites
últimos de la naturaleza, es imposible alcanzarlo de modo
perfecto. En la proximidad del cero absoluto se producen fenómenos
muy curiosos, entre ellos el de que todos los gases y líquidos
se hielan y se transforman en sustancias sólidas.
Tal
circunstancia recuerda que el estado de la materia, sea sólida,
líquida o gaseosa, depende de su temperatura. ¿Qué
supone este hecho?
Las
«fuerzas de Van der Waals»
Entre
las moléculas existen fuerzas de atracción, llamadas
«fuerzas de Van der Waals», de naturaleza eléctrica,
capaces de actuar tan sólo a distancias pequeñísimas.
Cuando el movimiento molecular es mínimo, las fuerzas en
cuestión unen entre sí las moléculas, hasta
el punto de formar el estado sólido. A temperaturas más
bajas, como hemos visto, el movimiento de las moléculas queda
bastante reducido, y éstas sólo realizan pequeñas
oscilaciones en torno a su propio eje, igual como la cuerda de un
instrumento musical vibra oscilando en torno a su posición
de reposo. Si la temperatura del cuerpo aumenta, las oscilaciones
se acrecientan, las moléculas se mueven en un espacio mayor
y el cuerpo se dilata.
La
dilatación producida por el calor causa grandes preocupaciones
a los técnicos. Los puentes metálicos varían
de longitud con los cambios de temperatura, y lo hacen de tal modo
que resulta imposible aferrarlos de manera fija a los estribos;
la fijación debe ser móvil. En verano, un riel de
ferrocarril de un kilómetro de longitud puede experimentar
tal dilatación que provoque un alargamiento de hasta medio
metro; por tanto, hay que fraccionar los raíles en segmentos,
o bien - según la técnica hoy más empleada
- fijarlos tan sólidamente a las traviesas que no sufran
deformaciones.
Si
la temperatura del cuerpo continúa aumentando, las fuerzas
cohesivas intermoleculares de Van der Waals se debilitan a consecuencia
de la creciente intensidad de las oscilaciones, y poco después
se interrumpe su acción, con el resultado de que la solidez
del cuerpo disminuye, la sustancia adquiere plasticidad y puede
ser modelada mediante presión y forja.
Si
prosigue el aumento de temperatura, el cuerpo pierde por completo
su estructura sólida y se torna líquido. Como en ciertas
sustancias la estructura molecular resulta particularmente fuerte,
es evidente que se requieren distintas temperaturas para obtener
el mismo resultado con sustancias diferentes. Las cohesiones más
débiles se dan en el helio, uno de los gases nobles, que
se licua ya a 1° C sobre el cero absoluto, es decir, a - 272°
C. El agua, como se sabe, lo hace a 0°, y su punto de fusión
representa el cero de la escala centígrada. El hierro se
licua a 1500° C, y el tungsteno a 3370° C. Por esta razón
se utilizan en las bombillas filamentos de tungsteno, capaces de
soportar las temperaturas altísimas que se requieren para
producir radiaciones luminosas (calor blanco) sin perder su cohesión
molecular.
Del
estado líquido al gaseoso
Pero
la verdadera utilización técnica de la energía
térmica se basa, sobre todo, en los fenómenos que
acompañan el paso del estado líquido al gaseoso, en
particular en el caso del agua. Durante este proceso, el movimiento
molecular adquiere tal violencia que las moléculas son lanzadas
en todas direcciones, vencen las fuerzas de cohesión y de
gravedad y continúan su curso hasta que hallan un obstáculo,
el cual puede ser otra molécula, o bien, la pared de un recipiente.

Calentándolos
a temperaturas altísimas se puede dar la forma deseada a
los enormes bloques de acero.
Para
que se verifique esta liberación compleja de las fuerzas
de cohesión ha de producirse un notable incremento de la
energía cinética, que se refleja en los hechos de
que la temperatura en la que tiene lugar el paso del estado líquido
al gaseoso (temperatura de ebullición) a menudo es superior
al punto de fusión y en el de que, aun cuando se alcance
el punto de ebullición, para lograr la evaporación
del líquido se precisa el posterior empleo de gran cantidad
de energía. Así, por ejemplo, para que el agua pase
del punto de fusión al punto de ebullición se requieren
cien kilocalorías (Cal) por litro, equivalentes a 42.700
kilográmetros; es preciso luego una energía de otras
539 Cal, equivalentes a 230.000 kgm, para que todo un litro de agua
pase del estado líquido al gaseoso.

En
Tanpo (Nueva Zelanda) se aprovecha como fuente de energía
el calor producido por los fenómenos volcánicos. |
Algunas
leyes sobre los gases
El
ejemplo que facilitamos a continuación aclara de modo
eficaz qué leyes regulan el comportamiento de los gases.
Un centímetro cúbico de oxígeno en condiciones
normales (es decir, a la temperatura de 15° C y a la presión
de la atmósfera al nivel del mar) contiene 21,7 trillones
de moléculas, que se mueven con una velocidad de 461
metros por segundo; cada segundo, una molécula choca
cuatro mil millones de veces con otra, y entre un choque y
el siguiente puede efectuar un recorrido libre de una diezmilésima
de milímetro. Cada centímetro cuadrado del recipiente
que contiene el gas recibe en un segundo el choque de veinte
trillones de moléculas, por lo que bien puede decirse
que las paredes en cuestión están sometidas
a un continuo bombardeo molecular; además, cada molécula
rebota, como una pelota de goma, sobre las paredes y, al igual
que una pelota, ejerce, debido a la duración del contacto,
una fuerza de choque sobre las paredes; desde luego, dicha
fuerza es minúscula, pero, sumada a la del enorme número
de moléculas que golpean el centímetro cuadrado
de pared, da una magnitud del orden de un kilo. Ésta
es la presión que se suele llamar de una atmósfera.
Si en el recipiente se introduce una cantidad de gas doble
de la que contenía, duplica también el número
de moléculas y, por tanto, el numero de choques contra
las paredes; en otras palabras: la presión se dobla.
Ésta es, expuesta de modo muy sencillo, la «ley
de Boyle Mariotte», los dos científicos que en
1662, uno independientemente del otro, descubrieron la proporción
directa que existe entre el volumen de gas y la presión.
Si
se eleva la temperatura de un volumen de gas contenido en
un recipiente, la velocidad de las moléculas aumenta;
o, dicho de otro modo, contra las paredes chocan cada segundo
más moléculas, y con mayor violencia; también
en este caso aumenta la presión. Esta relación
fue descubierta en 1702 por G. Amontons, pero nosotros la
conocemos como «ley de Gay-Lussac», el científico
que dio una definición satisfactoria del fenómeno.
Relacionando
la ley de Boyle Mariotte con la de Gay - Lussac se observa
que un gas comprimido se calienta, en tanto que se enfría
cuando se dilata. Por ejemplo, si contra el pistón
de una bomba que se desplaza en una dirección determinada
choca una molécula de gas que se mueve en dirección
contraria (lo cual implica la compresión del gas),
está claro que la molécula rebotará con
mayor velocidad que la que llevaba cuando chocó con
el pistón, del mismo modo que una pelota de tenis recibe
mayor velocidad de la raqueta que la golpea al rechazarla
(lo que, además, supone un aumento de temperatura).
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Junto
con el petróleo, el carbón supone en nuestra
época la principal fuente energética. En la
fotografía, un minero intenta desprender el carbón
con un martillo neumático. |

Un
campo petrolífero de Bakú, en el mar Caspio,
a principios del siglo pasado . |

Se
perfora el suelo en busca de metano, combustible de origen
fósil (como el carbón y el petróleo)
cuya importancia económica aumenta continuamente. |
Esta
propiedad es aprovechada en los motores Diesel para el ascenso del
carburante; la opuesta, es decir, el enfriamiento mediante dilatación
se utiliza en los aparatos refrigeradores. Por medio de una bomba
se comprime un gas, calentándolo, y luego se le deja enfriar
hasta la temperatura normal; se consigue entonces que se dilate,
y así la temperatura disminuye a continuación. El
proceso puede repetirse varias veces, comprimiendo y dilatando alternativamente
el gas (amoníaco, dióxido de carbono, bióxido
de azufre, etc.). Primero, el gas se comprime en un compresor, para
licuarlo luego, por enfriamiento, en un condensador con circulación
de aire y agua. Introducido en un recipiente, pasa luego a través
de una válvula reguladora (unida a un termostato), que provoca
la expansión en la cantidad adecuada a la temperatura necesaria,
y entra en el evaporador, en el cual se expande y genera el frío
requerido. El gas que se produce en la evaporación es aspirado
por el compresor, e inicia acto seguido un nuevo ciclo.
Las
leyes antes mencionadas constituyen también la base para
el aprovechamiento técnico de la energía producida
por el calor en las máquinas térmicas.

Un
oleoducto (pipe line) en el desierto de Arabia. Mediante los
oleoductos, el petróleo puede ser transportado a grandes
distancias, desde los puntos de extracción a las refinerías. |
La
irradiación del calor
Para
aclarar este fenómeno se puede recurrir a la comparación
con la cuerda de un instrumento musical, de la cual ya nos
hemos servido para describir el movimiento molecular. Sabido
es que cuando la cuerda se hace vibrar emite ondas sonoras,
que se difunden en el espacio, llegan a nuestro oído
y producen en nosotros la sensación del sonido; pues
bien, del mismo modo, la oscilación de las moléculas
produce ondas térmicas. Estas ondas, emitidas por los
cuerpos calientes, se extienden libremente en el espacio,
alcanzan nuestra piel u otro cuerpo y reproducen el calor.
Si
la comparación sirve para hacer comprensible el fenómeno,
hay que tener presente que las vibraciones que componen el
sonido no superan las veinte mil por segundo, mientras en
los llamados «ultrasonidos» se alcanzan frecuencias
del orden de mil millones de vibraciones por segundo y, por
su parte, en las frecuencias térmicas se alcanzan cotas
comprendidas entre cinco y quinientos billones de vibraciones
por segundo. Mientras el aire y el agua son medios transmisores
de las vibraciones, en el caso del calor no existe medio que
lo difunda: el calor del Sol nos llega a través de
un espacio vacío. En consecuencia, antiguamente se
pensó, como ya se ha dicho, que debía de existir
un medio conductor de las ondas térmicas, el llamado
éter cósmico, sobre cuya existencia se especuló
hasta comienzos de nuestro siglo; se atribuían al éter
todas las propiedades necesarias para que actuara de soporte
de propagación de las ondas térmicas y de las
luminosas. Se llevaron a cabo grandes esfuerzos para comprobar
la existencia del éter, pero por último se concluyó
que el éter no existía. |

Las
ondas hertzianas, el calor, la luz y los rayos X y gamma solo
se diferencian entre sí por la frecuencia, es decir,
por el número de oscilaciones por segundo. |
Hoy
sabemos que la irradiación del calor resulta de la
combinación de vibraciones eléctricas y magnéticas,
o sea, que se trata de un fenómeno electromagnético.
Lo mismo que la atracción de un imán, actúa
incluso en el vacío, aunque es difícil formarse
una imagen precisa del fenómeno.
Evidentemente, la irradiación aumenta en intensidad
cuanto mas violento es el movimiento de las moléculas,
o sea, cuanto más caliente se halla el cuerpo radiante.
Con el aumento de la temperatura, a las oscilaciones que ya
se producen se suman otras, cada vez más rápidas.
Si la temperatura supera los 700° C, la frecuencia de
las oscilaciones rebasa el límite de las ondas térmicas,
que, como ya se ha visto, tienen una frecuencia máxima
de quinientos billones por segundo; en tal caso, el cuerpo
se pone candente. Esto demuestra que el calor y las ondas
luminosas son, desde el punto de vista físico, una
sola cosa, y que la única diferencia entre ambos fenómenos
radica en la frecuencia de las oscilaciones. También
son de naturaleza electromagnética las ondas hertzianas,
utilizadas en las transmisiones radiofónicas, Y los
rayos X. Las primeras poseen una frecuencia inferior a los
cinco billones; las radiaciones térmicas tienen una
frecuencia comprendida entre cinco y quinientos billones:
de quinientos a mil billones las radiaciones visibles, es
decir, la luz del rojo al violeta, pasando por el anaranjado,
el amarillo, el verde, el azul y el índigo; y entre
mil y cien mil billones las radiaciones ultravioleta, más
allá de las cuales existen ondas electromagnéticas
de altísima frecuencia, que incluyen los rayos X, los
gamma y los cósmicos.
Por tanto, con el aumento de la temperatura, el calor de los
cuerpos candentes varía del rojo oscuro al rojo claro,
el anaranjado, el amarillo y el blanco (resultado de la fusión
de todos los colores), y, por último, el blanco azulado.
En consecuencia, basándose en el color de la luz que
irradia, es posible establecer la temperatura de un cuerpo.
De este modo se ha determinado la temperatura superficial
que existe en el Sol.
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La
utilización del calor
Es
muy probable que la primera forma de utilización del calor
por parte del hombre fuera la de encender hogueras que, además
de proporcionarle calor, sirvieran para iluminar la oscuridad de
las noches y mantener alejados los animales feroces. El hombre aprendió
pronto a servirse del fuego para asar la carne de los animales muertos.
Hace más de 6700 años se desarrolló la técnica
de la cocción de la arcilla, es decir el arte de la cerámica,
a la cual se unieron hace 3000 años, en lo inicios de la
Edad del Bronce, la fusión y la forja de los metales.
Como
fuente de calor se utilizó primero la leña, a la que
más adelante se añadió el carbón de
leña. El carbón fósil no empezó a emplearse
hasta el 287 a. de J.C., y desde el año 1000 de nuestra era
se aprovechó, además del de lo yacimientos superficiales,
el de los estratos subterráneos, mediante la minería.
La producción de petróleo se inició hace poco
más de un siglo y medio, en 1859.
En
la actualidad, para el aprovechamiento técnico de la energía
térmica nos servimos, sobre todo, del calor que producen
la combustión del carbón y los aceites minerales,
aunque existen también otras fuentes de energía natural,
como el calor del Sol y el endógeno de la Tierra. Pero incluso
en los países más adelantados técnicamente,
con sus enormes necesidades energéticas, el Sol parece una
fuente insuficiente, sobre todo porque, para obtener su energía
en cantidades importantes, se requieren instalaciones de grandes
dimensiones. Las instalaciones heliotérmicas, en las que,
mediante espejos cóncavos, se concentran los rayos solares
para evaporar el agua, sólo pueden disponerse en zonas muy
soleadas y, aun en éstas, siempre y cuando las necesidades
de energía no sean continuas. Todavía menos numerosas
son las instalaciones que aprovechan con fines energéticos
el calor endógeno de nuestro planeta.
El
calor obtenido con la combustión del carbón, la madera,
los aceites minerales y similares no constituye «energía
cohesiva» liberada. Dos o más átomos unidos
para formar una molécula mantienen su unión por la
fuerza atractiva intermolecular a la que ya nos hemos referido.
Para separarlos, es necesario recurrir a una fuerza que debe actuar
durante cierto periodo, y ello significa trabajo o energía.
Además, parte de la energía cohesiva se libera cuando
los átomos se unen en una combinación química.
Así,
por ejemplo, en el caso del carbón fósil, las plantas
del período carbonífero (que se inició hace
345 millones de años y terminó hace 280 millones de
años) produjeron la escisión del bióxido de
carbono, un compuesto de carbono y oxígeno presente en el
aire y que absorben las células vegetales (proceso inmutable
que se da también en las plantas actuales). Después
de la escisión, el oxígeno era devuelto a la atmósfera,
mientras el carbono, elemento fundamental de todos los organismos
vivientes, se elaboraba, para originar compuestos complejos que
servían para el crecimiento de la planta. La energía
necesaria para la separación de los átomos de carbono
y de oxígeno la proporcionaba el calor del Sol. En este proceso
desempeñaba un papel importante la clorofila, es decir, la
sustancia que confiere su color verde a las hojas.
Durante
muchos millones de años, las plantas en cuestión permanecieron
sumergidas en cenagales, para ser recubiertas por otros estratos
en eras geológicas sucesivas; en tan dilatado período
de tiempo y en tales condiciones, se liberaron otros componentes,
por lo general volátiles, de modo que, por último,
casi quedó sólo el carbono. Sucedió así
que las plantas del período carbonífero se transformaron
en carbón fósil, es decir, en el mineral que hoy sacamos
a la luz extrayéndolo de las minas.
Cuando
quemamos carbón, se verifica la combinación del oxígeno
(comburente) del aire con el carbono del combustible; se reconstituye
así la energía térmica que hace trescientos
millones de años las plantas obtuvieron del calor solar para
la escisión de los dos elementos. Lo mismo ocurre con la
madera, los aceites minerales y el gas natural, que, al igual que
el carbón fósil, son residuos de organismos vivos.
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