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El
funcionamiento de los reactores nucleares se controla mediante
complicados instrumentos. |
Hasta
hace un siglo aproximadamente no se tenia la menor idea de la
estructura de los átomos y de las fuerzas que encierran.
De entonces acá se han sucedido los descubrimientos y
las aplicaciones, que fueron posibles merced a una serie de
extraordinarias intuiciones, sobre las cuales trabajaron investigadores
de todo el mundo, dotados de gran imaginación y de agudísimo
espíritu crítico. Los descubrimientos ligados
a científicos como Becquerel, Curie, Einstein, Rutherford,
Bohr, Chadwick, Heisenberg, Hahn y Fermi, condujeron, a partir
de las radiaciones invisibles emitidas por las sustancias radiactivas,
a la identificación de elementos antes desconocidos,
y luego, de la energía atómica; se penetró
así en la más íntima estructura del átomo,
llegando a los confines del microcosmos, y se realizó
el sueño de los alquimistas de transformar un elemento
en otro; y se fue mucho más lejos aún, pues incluso
se llegó a producir elementos nuevos, que no existen
en estado natural. |
Mientras
la energía de que nos servimos comúnmente, la contenida
en los combustibles, reside en el recíproco vínculo
químico que existe entre los átomos, que, por otra
parte, no experimentan modificación alguna durante el proceso
de elaboración energética, la energía nuclear
deriva de la estructura íntima de los propios átomos.
Se trata de una diferencia sustancial. En el primer caso, la cantidad
total de materia que interviene en la producción de energía
es inmutable (sólo varían los vínculos químicos);
en el segundo se da una desaparición de materia, y su transformación
en energía.
Hoy
es fácil decirlo. Pero que ello implica los fundamentos de
nuestro conocimiento de la naturaleza, sólo quedará
claro cuando hayamos comprendido la diferencia que los físicos
establecen entre materia y energía.
Materia
y energía
En
términos generales, se dice que materia es todo lo que se
puede pesar, sea plomo o aire. Para el físico, esta afirmación
es muy imprecisa, porque el peso de un cuerpo no depende sólo
del propio cuerpo. Así, por ejemplo, en la Luna todo pesa
la sexta parte de lo que pesa en la Tierra; por tanto, el físico
fija su atención en otra propiedad, la «inercia»,
es decir, la propiedad por la cual todos los cuerpos materiales
oponen resistencia a cualquier mutación de su estado de movimiento
o reposo. Materia es, pues, lo que se halla «inerte»,
lo permanente de la naturaleza, lo que resiste las tentativas de
apartamiento.
En
cambio, la energía, como hemos visto, es el gran motor de
la naturaleza; energía es todo trabajo, toda fuerza propulsora,
en cualquier acontecimiento, en toda transformación de un
estado de movimiento o de reposo.
¿Y
cómo puede ocurrir que lo permanente se transforme en lo
contrario, en lo móvil y mutable? ¿Cómo puede
comprender nuestra mente un acontecimiento semejante? Además,
el hecho de que tal transformación se produzca en proporciones
enormes, con efectos muy espectaculares, confiere a este fenómeno
un carácter más contradictorio todavía.
Mas
para la naturaleza no existe contradicción alguna. Esta transformación
se manifiesta continuamente en las sustancias radiactivas y, corno
se ha visto, en el Sol. La contradicción, pues, reside sólo
en la visión que tenemos de las cosas, no ya en las cosas
en sí. Nuestro pensamiento, pese a lo claro que pueda parecernos,
no hace sino aproximarse a la esencia de las cosas, sin aprehenderla
concretamente.
La
idea de que la materia pudiera transformarse en energía no
se formuló, ni siquiera como vaga intuición, hasta
que los científicos no se hallaron ante fenómenos
que no permitían otra explicación. Eso ocurrió
entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, cuando Henri Becquerel,
los esposos Curie y Ernest Rutherford descubrieron y estudiaron
la radiactividad.
Hacia
el descubrimiento del átomo
Desde
la antigüedad se había admitido la idea de que la materia
se compone de corpúsculos infinitamente pequeños,
que ya no admiten ulterior disgregación, los átomos
(del griego átomos, indivisible), aunque ya William Prout,
médico y químico inglés, expuso en 1815 la
hipótesis de que los átomos podrían estar compuestos,
a su vez, por un elemento constitutivo originario, el átomo
de hidrógeno. Por el momento sólo se trataba de suposiciones
no demostradas, a las que se recurría, simplemente, tratando
de explicar los fenómenos químicos.

Suponiendo
que un átomo tuviera 150 metros de diámetro,
el de su núcleo sería sólo de 2,5 milímetros |
Las
cosas tomaron otro rumbo con el descubrimiento de la radiactividad,
ya que, de pronto, la ciencia tuvo acceso a la estructura interna
del átomo; en los años subsiguientes, los descubrimientos
se sucedieron uno tras otro, hasta que, en 1912, Ernest Rutherford
presentó el primer modelo físico del átomo,
que difería notablemente de la idea que hasta entonces
se había tenido de este corpúsculo. Con anterioridad,
los átomos se concebían como partículas
de forma variada, mientras en el modelo de Rutherford el espacio
llenado por ellos estaba ocupado tan sólo por una cienmilmillonésirna
de materia; se trata, pues, de un espacio casi vacío,
en el cual operan fuerzas y tensiones de diversos tipos. |

La
transformación del radio en helio y plomo constituye
un proceso complicado, que se desarrolla en las nueve fases
que se indican en esta tabla. |
Todas
las propiedades esenciales (materia, masa y características
químicas) se concentran en un núcleo de dimensiones
increíblemente pequeñas con respecto a las de
la totalidad del átomo, el cual, sin embargo, no mide
más que treinta milmillonésimas de milímetro.
Si agrandamos imaginariamente este ente diminuto hasta conferirle
un diámetro de ciento cincuenta metros (la altura de
un gran campanario, superior a la de la pirámide de Cheops),
su núcleo mediría... i 2,5 milímetros!
El resto del espacio es un vacío, salvo la presencia
de cierto número de electrones, que en nuestro átomo
gigante imaginario tendrían un diámetro de un
milímetro, los cuales giran en diversas órbitas,
dispuestas en forma de estratos en torno al núcleo. |
Los
electrones, cuya presencia se descubrió algunos años
antes que la radiactividad, son, por así decirlo, «átomos»
de electricidad casi carentes de masa; se trata, pues, de las «cargas
elementales» de electricidad. Pese a que los electrones son
lo que fluye en nuestros conductores como electricidad, a su carga
se le da aún hoy la calificación de «negativa»,
y eso no por motivos particulares y específicos, sino, sencillamente,
porque Benjamín Franklin, en sus experimentos, se equivoco
en lo referente a la dirección de la corriente eléctrica;
y, como ocurre a menudo, cuando el error se descubrió era
ya demasiado tarde para ponerle remedio.
Los
electrones, pues, giran en órbitas diferentes en torno al
núcleo del átomo, y lo hacen con tal velocidad que
recorren su órbita cuarenta mil billones de veces por segundo.
En los átomos existen siempre uno o varios estratos de electrones.
Desde un punto de vista mecánico y superficial, los átomos
se comportan, de hecho, como pelotas extremadamente elásticas,
cuyo diámetro es el mismo de la órbita más
exterior de los electrones.
Es
evidente que, dadas estas condiciones, resulta bastante difícil
penetrar en el núcleo del átomo. Sólo en 1932
Werner Heisenberg, después de que James Chadwick descubriera
el «neutrón», pudo comprobar que los núcleos
atómicos se componen sustancialmente de protones y neutrones,
partículas ambas con la misma masa (1,66 cuatro millonésimas
de gramo), que se diferencian sólo en su carga eléctrica,
que en el neutrón es nula, mientras en el protón tiene
la misma magnitud que la del electrón, aunque es de signo
contrario a la de éste, es decir, positiva. Ambos pueden,
mediante absorción o emisión de un electrón,
transformarse uno en otro. Cuando un neutrón pierde un electrón,
se convierte en protón; y viceversa, si un protón
absorbe un electrón, se convierte en neutrón. En nuestro
imaginario modelo de ciento cincuenta metros de diámetro,
protones y neutrones tendrían un diámetro de medio
milímetro, con un peso de doscientos ocho millones de toneladas.
No, no es una cifra errónea; es, simplemente, la consecuencia
lógica del hecho de que toda la masa de un átomo se
concentra en el núcleo, constituido, como ya se ha dicho,
por protones y neutrones.
Los
diversos elementos químicos se diferencian por el número
de protones existentes en el núcleo, equivalente al número
de electrones que giran en torno al mismo núcleo, porque
el átomo, en conjunto, es eléctricamente neutro, Los
neutrones pueden compararse a una especie de cemento que constituye
el elemento cohesivo de los protones en el núcleo; si falta
ese «cernento», el núcleo se disgrega, dado que
la identidad de signo de las cargas eléctricas de los protones
supone su repulsión recíproca. Las fuerzas de cohesión
que confieren estabilidad al núcleo atómico no son
tan simples como hemos expuesto, mas estas explicaciones son suficientes
para nuestros fines.
El
elemento químico más simple, el hidrógeno,
se compone de un protón, en torno al cual gira un electrón.
En el núcleo del helio se cuentan dos protones, con otros
tantos neutrones en función de «adherente», mientras
en derredor del núcleo giran dos electrones. Y de modo progresivo
continúa la tabla de los 83 elementos estables: el carbono
tiene 6 protones, el nitrógeno 7, el hierro 26, el oro 79,
el plomo 82 y el bismuto 83.
Pero
las fuerzas que mantienen unidas las partículas componentes
del núcleo atómico no siempre son suficientes. Cuanto
más elevado es el número de protones, tanto mayor
es el de neutrones que se precisan para mantener la cohesión
del núcleo, hasta el punto de que el bismuto, con sus 83
protones, presenta 126 neutrones en el núcleo. Los átomos
compuestos de muchas partículas no tienen, pues, la indestructible
solidez que parece propia de los otros átomos.
Si
el núcleo contiene más de 83 protones, no es estable.
Ya el elemento ochenta y cuatro, el polonio, cuyo núcleo
se compone de 84 protones y 126 neutrones, se disgrega espontáneamente
transcurridos unos 197 días; es, por lo tanto, radiactivo.
A
la serio de los elementos estables, que termina con el bismuto,
sigue otra serie de elementos radiactivos, que incluye polonio (84),
astatino (85), radón (86), francio (87), radio (88), actinio
(89), torio (90), protoactinio (91) y uranio (92 protones), con
el cual culmina la serie. Más allá del uranio no existen,
en la naturaleza, otros elementos. El primer elemento en el cual
se comprobó la desintegración espontánea fue
el radio (88 protones y 138 neutrones), en el que el proceso tiene
una duración media de 2300 años. Y del nombre del
radio, todos los elementos en que se ha comprobado esta tendencia
a la desintegración han recibido la denominación de
«radiactivos»; en cuanto al radio, debe la suya a las
radiaciones que emite continuamente (radius, en latín, significa
rayo).
La
intuición de Einstein
Esta
radiación fue el fenómeno que indujo a replantear
todo cuanto se había dicho antes. Radiación equivale
a energía: un gramo de radio proporciona ininterrumpidamente
una energía de 0,14 Cal por hora. No cabía pensar
que esta energía derivase de alguna de las fuentes hasta
entonces conocidas, por lo que, tratando de aclarar su origen, Einstein
enunció en 1906 la ley de la equivalencia entre masa, m,
y energía, E. Durante el proceso de disgregación de
las sustancias radiactivas desaparece una minúscula cantidad
de materia, la cual se transforma en energía y es irradiada.
La fórmula con que Einstein expresó este proceso,
una de las más sencillas de la Física, es:
E = mc2
E
indica la cantidad de energía derivada del proceso; m,
la masa de materia transformada, y e, la velocidad
de la luz. Como esta última magnitud equivale a 300.000 kilómetros
(o, lo que es lo mismo, 300 millones de metros) por segundo, y este
valor, además, debe ser elevado al cuadrado (=90.000 billones),
es evidente que la menor pérdida de masa origina una energía
enorme. Según esta relación, un gramo de materia cualquiera
equivale a una energía de 24,5 millones de Kwh.
A
la posibilidad de liberar esta enorme cantidad de energía
va ligado el temor a la bomba atómica. El ingenio que destruyó
Hiroshima contenía tan sólo cinco kilogramos de material
fisible. Sólo una pequeña fracción de los cinco
kilogramos fue convertida en energía, pero bastó con
ello para que se produjeran destrucciones iguales a las que causarían
20.000 toneladas de trinitrotolueno (TNT), el más potente
de los explosivos convencionales.
Muy
pronto se intentó averiguar si sería posible utilizar
la energía liberada por la desintegración de las sustancias
radiactivas. Pero todos los experimentos realizados utilizando el
calor, o medios químicos, mecánicos o eléctricos,
demostraron que la desintegración del átomo no se
interrumpía, aminoraba o aceleraba con ninguno de los métodos
convencionales; la desintegración no se alteraba durante
todo el período característico del elemento examinado.
El fenómeno no parecía apto para un aprovechamiento
efectivo de la energía, pues, por ejemplo, del radio, elemento
particularmente «radiactivo», se podía disponer
de unos pocos gramos tan sólo.
Es
fácil imaginar con qué ansiedad se siguieron estos
experimentos. Se trataba de saber si la Humanidad había alcanzado
la madurez necesaria para utilizar con sensatez cantidades de energía
tan enormes; por otra parte, preocupaba la posibilidad de que un
elemento estable Y bastante difundido, tal como el nitrógeno
(que forma las dos terceras partes del aire), se «inflamara»
como la pólvora de un barril, a consecuencia de un experimento
particularmente «conseguido», destruyendo el mundo entero
en una catástrofe apocalíptica.
En
efecto, la primera utilización de la «nueva»
energía fue la construcción de dos bombas que mataron
a ciento cinco mil seres humanos de uno y de otro sexo y de todas
las edades y que, además, minaron la salud de otras doscientas
mil personas. La primera reacción atómica provocada
artificialmente, por fortuna insuficiente para liberar grandes energías,
la consiguió Ernest Rutherford en 1919 con el hidrógeno.
De hecho, el aprovechamiento de la energía nuclear que se
lleva a cabo en la actualidad consiste, en esencia, en una reacción
que proseguiría con consecuencias catastróficas, atacando
todo el material fisible (la llamada «reacción en cadena»),
si no se adoptaran sistemas particulares de control.
La
«reacción en cadena»
El
experimento decisivo lo efectuaron en 1939 Otto Hahn y su
ayudante Fritz Strassmann. Bombardeando con neutrones «lentos»
el núcleo de uranio, elemento débilmente radiactivo,
que contiene 92 protones y más de 140 neutrones, el
núcleo se escinde en dos partes, por lo general una
de 36 protones y otra de 56 (respectivamente, el núcleo
de criptón, un gas noble, y de bario, un metal), escisión
que origina una pequeña pérdida de masa, la
cual se transforma en energía. Pero, a los fines de
producción de energía, lo más importante
es que en el proceso se liberan también neutrones (como
máximo tres), en razón de que el criptón
y el bario, unidos, poseen menos neutrones que el uranio;
los neutrones en cuestión, a su vez, escinden nuevos
átomos de uranio. Corno para lograr la fisión
nuclear basta el empleo de un único neutrón,
los tres neutrones producidos por la fisión del átomo
de uranio escinden, a su vez otros tres núcleos. Se
tienen así, en este momento, 3 x 3 = 9 neutrones, que
se convierten luego en 27, 81, 243, 729... El proceso continúa,
acrecentándose a modo de alud, y en fracciones de segundo
transforma todo el uranio disponible; por esta razón,
las reacciones atómicas se desarrollan a increíble
velocidad. Este es el fenómeno denominado «reacción
en cadena». |

Cuando
el núcleo de un átomo de uranio choca con un
neutrón «lento», por lo general se escinde
en un núcleo de bario y en otro de criptón,
liberando dos o tres neutrones. |
Ahora
bien, la condición necesaria para que el proceso se desarrolle
es que la cantidad de uranio disponible no sea demasiado reducida,
ya que, de otro modo, los neutrones liberados escapan de la masa
de uranio antes de que hayan podido chocar y partir un núcleo.
Existe, pues, una cantidad mínima, por debajo de la cual
el uranio es ineficaz y se desintegra con bastante lentitud. Pero,
apenas se ha superado esta «masa crítica», la
reacción en cadena se desarrolla por sí misma, porque,
a causa del proceso natural de fisión, en el uranio siempre
se encuentran neutrones libres. En las primeras bombas atómicas,
la reacción se inició, sencillamente, aproximando
dos masas, ambas inferiores a la crítica, de modo que unidas
superasen el punto límite.
En
la transformación de un kilogramo de uranio se pierde algo
menos de un gramo de materia, que se transforma en veinte millones
de Kwh. , o 17,2 miles de millones de Cal, cantidad de calor cuya
obtención requeriría quemar 2500 toneladas de carbón.
Desde
los experimentos de laboratorio realizados por Otto Hahn hasta la
regulación y el alto aprovechamiento técnico de la
energía nuclear, largo ha sido el camino recorrido, aunque
lo acortó no poco la segunda Guerra Mundial; tan largo ha
sido que hoy existen numerosas centrales atómicas.
Para
los fines del desarrollo tecnológico, debían satisfacerse
cuatro condiciones:
-
Se requería suficiente cantidad de material fisible.
-
Los neutrones empleados en la fisión debían ser
frenados hasta convertirlos en «lentos», es decir,
hasta que se desplazaran a la velocidad justa para el inicio de
la fisión atómica.
-
Debía regularse el alud de neutrones para permitir el control
de la fisión atómica, que debe verificarse según
una cadencia útil para el adecuado aprovechamiento tecnológico.
-
La energía obtenida del proceso debía ser utilizable.
Disponibilidad
de material fisible
Por
lo que se refiere al material fisible, cierto que el uranio
disponible es abundante (cada año se extraen decenas
de miles de toneladas de los yacimientos de todo el mundo);
pero no todo el uranio natural resulta adecuado para la fisión
nuclear. Hay dos tipos diferentes de uranio, que se encuentra
en amalgamas en las que la relación va del 99,3 % al
0,7 %, y más rara vez, en forma inmediatamente utilizable.
En consecuencia, hay que separarlo de la masa de uranio natural,
según un proceso lento y costoso, porque los dos tipos
del metal se comportan, desde el punto de vista químico,
del mismo modo, puesto que en ambos casos se trata de uranio
con 92 protones en el núcleo. La única diferencia
estriba en el número de neutrones, que en uno son 146
y en el otro 143. Los elementos idénticos desde el
punto de vista químico y que sólo difieren en
el número de sus neutrones se llaman «isótopos».
Ahora bien, el primer isótopo del uranio, el que posee
más neutrones y es más frecuente, resulta un
elemento casi estable (la duración de la vida de sus
átomos se cifra en algunos miles de millones de años),
mientras el segundo, el de menos neutrones, resulta más
raro, porque se desintegra con facilidad. Para la producción
de energía atómica se necesita, precisamente,
este segundo isótopo.
Cuando
los Estados Unidos decidieron construir la bomba atómica,
ante todo debieron crear colosales instalaciones para la producción
del uranio 235, nombre que recibe el isótopo en cuestión,
llamado así porque su núcleo está constituido
por 92 protones más 143 neutrones = 235 partículas
elementales. Dada la complejidad del proceso de separación,
sería demasiado largo describirlo. |
Los
elementos químicos se distinguen por el número
de protones con que cuentan los núcleos de sus átomos

Hidrógeno:
el núcleo está constituido por un protón,
alrededor del cual orbita un electrón

Helio:
el núcleo está constituido por dos protones
y dos neutrones, en torno de los cuales orbitan dos electrones

Litio:
el núcleo está constituido por tres protones
y tres neutrones, en torno de los cuales orbitan tres electrones |
Ahora
bien, cabe la posibilidad de proceder de otro modo, transformando
el uranio 238 (el isótopo más estable, con 146 neutrones)
a fin de hacerlo utilizable para la producción de energía.
Vale la pena considerar los procesos que entonces tienen lugar en
el átomo, porque son interesantes. Cuando en el núcleo
del uranio 238 choca un neutrón no se produce una fisión,
como en el caso del isótopo 235, sino que el neutrón
es capturado por el núcleo. Transcurridos unos 33 minutos,
un neutrón del núcleo se transforma espontáneamente
en un protón, mediante fisión y emisión de
un electrón; se tiene así un nuevo elemento, dotado
de 93 protones y 146 neutrones, un elemento que no se da en la naturaleza,
porque, como se sabe, la serie de los elementos en ella existentes
termina con el uranio, que cuenta con 92 protones. Se trata, pues,
de un elemento artificial, al que se ha dado el nombre de «neptunio».

Los reactores del tipo PWR (Pressurized Water Reactor) son
refrigerados y «moderados» por agua mantenida
a una temperatura de 280° C y a 140 atmósferas
de presión. En ellos, el uranio está contenido,
en forma de pastillas, en el interior de tubos de acero inoxidable
o de planchas de circonio (en la foto). Los reactores de este
tipo presentan la ventaja de que su funcionamiento es bastante
sencillo, y el inconveniente de que se obtiene de ellos un
rendimiento más bien limitado. |
Pasados
unos tres días, en el núcleo del neptunio se
repite el mismo proceso; se forma así un átomo
con 94 protones y 145 neutrones, otro elemento artificial,
a, que se denomina «plutonio», que tiene una duración
media de unos 35.000 años y es escindible, exactamente
como el uranio 235, por neutrones de velocidad amortiguada.
Así, hasta el uranio 238 resulta utilizable para la
producción de energía, y la importancia del
aprovechamiento del uranio sube del 1,1 % al 30 %.
En cuanto a los procedimientos técnicos, son bastante
sencillos. Consisten en enriquecer el uranio natural 235 hasta
el punto en que resulte posible la reacción en cadena.
Esta se verifica si más de uno de los tres neutrones
escindidos choca de forma precisa con otro núcleo de
uranio 235. Los restantes neutrones transforman el uranio
238 en plutonio, según el proceso antes descrito. Los
reactores nucleares que funcionan según este principio
reciben el nombre de autorregeneradores (breeders), porque,
en cierto sentido, se suministra a sí mismo el material
fisible, «generándolo» (en inglés,
to breed) del uranio 238.
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Frenado
de los neutrones
La
segunda condición para la producción de energía
atómica, es decir, el amortiguamiento de la velocidad de
los neutrones, es todavía más fácil de realizar.
Enrico
Fermi descubrió que los neutrones emitidos a gran velocidad
por la escisión del núcleo de uranio sólo provocan
la fisión de otros núcleos cuando son frenados hasta
una velocidad óptima. El material más apto para este
fin resultó ser el grafito, una de las formas con que el
carbono se presenta en la naturaleza. Los neutrones chocan contra
el grafito, y así pierden velocidad; por tanto, Fermi llegó
a la conclusión de que era preciso aislar el combustible
(o sea, el uranio) mediante una capa de grafito.
El
control de la reacción en cadena
La
tercera condición, el control de la reacción en cadena,
es factible con el empleo de sustancias capaces de capturar neutrones
libres e impedirles, por tanto, que lleven adelante la reacción
en cadena. A tal respecto se puede poner como ejemplo el cadmio;
en consecuencia, Fermi introdujo en el reactor barras de cadmio,
colocándolas de modo que pudieran moverse adelante y atrás,
con lo que regulaban la captura de los neutrones y frenaban en mayor
o menor medida la subsiguiente reacción en cadena.
El
2 de diciembre de 1942. en Chicago, el reactor de Fermi fue sometido
al experimento decisivo.
Es
imposible describir la expectación, los temores y las esperanzas
de los científicos y los técnicos comprometidos en
la empresa. Se iban a coronar casi cincuenta años de investigaciones.
¿Se daban las premisas para que se produjera la reacción
en cadena? Y, en caso afirmativo, ¿sería posible de
verdad regularla a voluntad?, ¿o bien se produciría
una catástrofe apocalíptica en el campo de juego del
estadio Stagg, donde se había montado el reactor? El reloj
señalaba las 15,25 cuando el reactor de Fermi alcanzó
el punto «crítico», es decir, aquel en que la
reacción en cadena se iniciaría, para desarrollarse
bajo control.
La
era atómica había comenzado, aunque se tropezaba todavía
con el obstáculo que implicaba el proceso de enriquecimiento,
hasta el punto de que sólo dos años y medio después
se dispuso de material fisible suficiente para el primer experimento
de reacción en cadena no frenada, en otras palabras, la deflagración
de una bomba atómica. El 16 de julio de 1945 tuvo lugar en
el desierto de Nuevo México la primera explosión nuclear
de la historia.
El
6 y el 9 de agosto de 1945 se lanzaron sendas bombas atómicas,
una sobre Hiroshima y otra sobre Nagasaki, donde Estados Unidos
demostró todo su potencial destructor frente al mundo, acciones
que obligaron al Japón a rendirse, con consecuencias sobre
la población japonesa que perduran hasta el día de
hoy. En ambos casos la reacción en cadena se dispuso libremente,
es decir, sin recurrir al frenado por medio de barras de cadmio.
La
utilización de la energía nuclear

Edificio
donde se encuentra el reactor nuclear de Garching cerca de
Munich (Alemania)
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El
aprovechamiento pacífico de la energía nuclear
presenta dificultades que estriban, por una parte, en la recogida
y la utilización del calor provocado por la fisión,
y por otra, en la necesidad de proteger el ambiente circundante
de las peligrosas radiaciones emitidas por el material fisible.
Estudiando la radiactividad se descubrió que las radiaciones
en cuestión eran de tres tipos diferentes, a las que
se dieron, respectivamente, los nombres de alfa, beta y gamma.
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En
este reactor nuclear son visibles las barras de control, en
este caso de cadmio, que se insertan en los canales practicados
en el “núcleo”, penetrando en él
más o menos profundamente; tales barras regulan la
escisión de los núcleos de uranio, lo cual tiene
por consecuencia la emisión de calor y la producción
de neutrones, con una absorción de neutrones variable
según la profundidad a que se introducen en el núcleo
. |
Las
radiaciones alfa resultaron ser núcleos atómicos
compuestos de dos protones y dos neutrones (o sea, núcleos
de helio), bastante rápidos y fruto de la desintegración
del radio y de otras sustancias radiactivas. Se desplazan
con una velocidad del orden de 10.000 kilómetros por
segundo. Esto significa que son muy «calientes».
Ceden su energía cinética a los átomos
y las moléculas con que entran en colisión,
o, en otras palabras, caldean el ambiente circundante. Como
ya hemos visto, un gramo de radio suministra así 0,14
Cal por hora.
Las radiaciones beta resultaron ser electrones, procedentes
de la transformación de los neutrones en protones,
que se desplazan con una velocidad de casi 150.000 kilómetros
por segundo. Su masa es muy pequeña, pero también
transmiten a los átomos con los que entran en colisión
su energía cinética, con lo que producen, asimismo,
un efecto térmico.
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Por
su parte, las radiaciones gamma son, en cambio, verdaderas radiaciones,
muy ricas en energía, a las que se puede definir como «radiaciones
röntgen bastante penetrantes», es decir, «duras».
De éstas debe estar protegido especialmente el ambiente circundante,
porque los rayos gamma pueden producir graves alteraciones biológicas.
Por
lo que se refiere a la utilización práctica de la
energía atómica, ya se ha dicho que la construcción
de centrales nucleares está todavía en fase de proyecto
y desarrollo. En la actualidad no se trata ya de satisfacer las
exigencias básicas en el terreno del conocimiento, sino de
proyectar las mejores aplicaciones y de hallar métodos económicos.
Como
«combustible» se utiliza principalmente el uranio, en
el cual el isótopo 235 se enriquece del 0,7 % al 2?3 %. En
el futuro es predecible una mayor utilización de reactores
autorregeneradores y un mayor empleo del plutonio y, en ciertos
casos, también de otros elementos radiactivos, como, por
ejemplo, el torio. Por lo general, el material fisible se prepara
en «elementos» en forma de barras de un metro de longitud,
que, en número que oscila entre cien y cuatrocientas, constituyen,
junto con las barras de cadmio orientables y deslizables entre canales
a propósito, en los cuales penetran más o menos profundamente,
el núcleo o corazón del reactor. En ocasiones, el
material se prepara en forma de esferitas o pastillas, e incluso
de compuestos de uranio, que previamente se han disuelto en agua.
Como
«trampas de los neutrones» se utilizan, además
del cadmio, otras sustancias, como el acero al boro, al afnio, etc.
Al
objeto de impedir la salida de radiaciones peligrosas, el «núcleo»
del reactor, la parte que contiene el combustible y donde se produce
la energía, está rodeado por un muro bastante grueso
y pesado, por regla general construido de hormigón .
Los
elementos del combustible alcanzan temperaturas de hasta 1200°
C. Por tanto, pueden utilizarse exactamente igual como un fuego
de carbón para producir la ebullición del agua en
una caldera a propósito, empleando luego el líquido,
a alta presión, para accionar directamente turbinas de vapor.
Pero esta técnica plantea todavía no pocas dificultades,
dado que todo lo que entra en contacto con el combustible sufre
una contaminación radiactiva y, en, consecuencia, puede propagar
las radiaciones fuera del reactor.
Por
esta razón, de ordinario se utiliza un material intermedio,
un cambiador de calor, que capta el calor producido en el interior
del reactor y lo transmite al agua que pone en movimiento las turbinas.
En
los reactores nucleares, a tal fin se usa corrientemente agua, o
bien, sodio, metal que funde a 97,8° y que, por tanto, en un
sistema de este tipo permanece siempre en estado fluido.
El
hecho de que el desarrollo de esta tecnología apenas haya
superado la fase experimental se debe a que sólo tras largos
años de prueba se determinará qué sistemas
son más económicos.
Sin
embargo, ya se construyen hoy centrales nucleares de varios centenares
de miles de kilovatios de potencia; pronto desempeñarán
un papel importante en la producción de energía.
Se
han construido también reactores de pequeñas dimensiones,
destinados a la propulsión de buques, rompehielos y submarinos.
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