EL TRANSPORTE DE LA ENERGÍA

 
 

Transporte de energía en una zona montañosa, mediante tendidos eléctricos aéreos

Hasta hace aproximadamente un siglo , sólo se disponía de energía en los lugares donde se podía «producir». Los molinos y las serrerías, los talleres que necesitaban fuerza motriz mecánica, debían instalarse necesariamente cerca de los cursos de agua, para aprovechar la energía mediante ruedas; los molinos de viento, por su parte, no tenían otra ubicación posible que las zonas donde el viento soplaba constantemente. Si se quería calor, había que encender un fuego; si se quería luz, era preciso disponer de una vela, o bien, de una lámpara de petróleo. El transporte de la energía de un lugar a otro aún no existía.

En la actualidad, la situación es muy diferente, y tanto es así que en contados casos la energía se produce allí donde se utiliza. Ya en las instalaciones de calefacción central de los inmuebles funciona en el sótano una sola caldera para todo el edificio, y el calor es transportado, mediante el agua caliente, a los diversos pisos.

Motores eléctricos como el que aquí vemos se utilizan hoy accionar las máquinas-herramienta.

Se pueden caldear así bloques enteros de casas con una sola instalación, en la cual se calienta el agua, que luego se distribuye a los diversos rellanos mediante tuberías, que a veces tienen varios kilómetros de longitud; una vez ha pasado por los radiadores instalados en cada vivienda, el agua regresa a la central donde sufre un nuevo calentamiento. Este tipo de instalación de calefacción central presenta la ventaja de que supone más facilidad, comodidad e higiene, puesto que hay una sola caldera común, en lugar de muchos calderines; pero, sobre todo, el auge que ha conocido este sistema se debe a que resulta más económico.

En este antiguo taller de Yorkshire destinado al cardado de la lana, las transmisiones mediante correas formaban una red casi inextricable y, además, muy peligrosa, a diferencia de las modernas factorías donde todas las máquinas son accionadas automáticamente, a fin de evitar las peligrosas correas de transmisión

Las centrales eléctricas

Un principio válido, en general, para todas las formas de producción de energía es el de que las grandes instalaciones pueden ser mas económicas y funcionar con pérdidas mucho menores que las pequeñas.

En consecuencia, hoy se prefiere producir la energía en grandes centrales, desde las cuales se distribuye a los usuarios; fórmula que, además, resulta necesaria, porque la producción de grandes cantidades de energía tiene lugar en ciertas localidades. Sólo pueden construirse centrales hidroeléctricas donde haya agua en abundancia, con saltos suficientes. Incluso las centrales térmicas y nucleares necesitan agua para la refrigeración, porque de otro modo sólo podrían aprovechar las ventajas de la condensación del vapor recurriendo a enormes torres de enfriamiento; por tanto, las centrales surgen casi siempre junto a los cursos fluviales. Ahora bien, los usuarios se encuentran por doquier, por lo que se plantea el problema de hacer llegar algo material como la energía desde el centro de producción al lugar de consumo. Ya hemos visto que el calor puede ser transportado a algunos kilómetros de distancia mediante el agua caliente; por lo que respecta a la luz, los reflectores la pueden transmitir tan sólo a distancias de algunos centenares de metros (en las fábricas antiguas, la energía mecánica se transfería desde una central a las distintas máquinas mediante las llamadas « transmisiones » consistentes en largos árboles, correas, cadenas y engranajes).

Todo esto, evidentemente, resulta harto insuficiente para transportar de modo económico la energía a largas distancias. Sólo la electricidad ha permitido resolver el problema.

Puede obtenerse electricidad, en cantidad casi ilimitada, de la energía mecánica producida por las turbinas de agua y de vapor; en forma de electricidad, la energía se puede transportar a grandes distancias, para luego, una vez en el lugar de destino, ser transformada de nuevo, de manera bastante sencilla, en la forma de energía que se requiera: calor, luz y energía mecánica.

La electricidad constituye, pues, el intermediario de todas las comodidades, sin las cuales sería inimaginable la existencia moderna, y condiciona, al menos exteriormente, nuestro modo de vivir actual, en proporciones que parecen en verdad fantásticas, si se tiene en cuenta el hecho de que este desarrollo se inició en 1882, año en el que se instaló en Nueva York la primera central eléctrica del mundo.

La electricidad ha sustituido, sin dejar más que algún romántico residuo, todas las demás fuentes de iluminación Y ha permitido la construcción de lámparas de todos los tipos y tamaños, desde las de bolsillo a los grandes focos que iluminan la vía pública.

Son tantas las aplicaciones de la energía eléctrica en la industria y en la vida cotidiana, que se hace imposible relacionarlas todas.

Y la lista no tendría fin si, junto a los usos de la corriente de alta tensión, quisiéramos recordar los de la corriente de baja potencia. Éstos se inician ya en la naturaleza, con la transmisión, en los seres vivos, de los impulsos sensoriales de la periferia del sistema nervioso al cerebro y la de los impulsos motores del cerebro a los músculos, Y prosiguen, mediante modalidades de empleo parecidas, en la tecnología de las transmisiones a distancia de señales, sonidos e imágenes, en el campo de los telemandos, a propósito de los cuales basta recordar el teléfono, la radio y la televisión, para llegar, en fin, a los laboratorios electrónicos, merced a los cuales es probable que toda nuestra existencia experimente tal transformación que nos libere definitivamente del esfuerzo físico.

Bien; pero ¿qué es la electricidad, esa fuerza que actúa de mil maneras y sufre mil transformaciones?. Hoy sabemos que la electricidad es «transportada» por un flujo de electrones, los «átomos de electricidad» o «cargas elementales» a los que nos hemos referido en anteriormente en éste sitio. La electricidad es, pues, un «fluido» (en otros tiempos se pensó que era calor) y, por tanto, puede ser comparada, en muchos aspectos, con el agua corriente.

El agua sólo fluye donde existe una pendiente; del mismo modo, los electrones únicamente fluyen cuando hay un «desnivel» eléctrico, que se define como «tensión» y se mide en «voltios».

Así como la cantidad de agua corriente se mide en litros por segundo (y un litro de H2O está constituido por casi 33 cuatrillones de moléculas), la cantidad de flujo eléctrico, o sea la intensidad de la corriente, se mide en amperios (un amperio equivale al paso de 6,242 trillones de electrones por segundo),

Del mismo modo que la potencia que desarrolla una masa de agua cuando efectúa un salto determinado se calcula multiplicando la cantidad de agua por el salto (y la potencia se expresa en kilográmetros por segundo), el potencial eléctrico se mide multiplicando la tensión por la intensidad de la corriente, expresando el resultado en vatios.

Estas nociones son necesarias para la comprensión de las técnicas relativas al transporte de la energía.

Se pueden obtener potencias equivalentes con alta intensidad y baja tensión y con baja intensidad y alta tensión. Por ejemplo, una potencia de mil vatios (un kilovatio) se consigue tanto con una corriente de diez amperios y una tensión de cien voltios, como con una corriente de cien amperios y una tensión de diez voltios.

Para el transporte de grandes cantidades de energía se requiere, pues, una tensión alta o una intensidad elevada, o bien, ambas a la 1vez. Por otra parte, las intensidades y las tensiones elevadas presentan problemas particulares. Antes de ocuparnos de ellos es preciso que reconstruyamos brevemente el proceso de producción de energía eléctrica.

Descubrimiento de la electricidad

La primera dinamo construida por Werner von Siemens en el año 1866

Aparte de la omnipresencia de los electrones en los estratos externos de los átomos, en la naturaleza la electricidad se manifiesta sólo en forma de rayos que parten de las nubes durante las tormentas; al igual que en todos los grandes fenómenos naturales, también en este caso se producen enormes cantidades de energía: un solo rayo puede descargar una potencia de más de 375.000 millones de Kw.

Pero lo que vemos del rayo, el relámpago, no es la electricidad en sí (forma de energía que no pueden percibir nuestros órganos sensoriales), sino la luz que produce el aire, el cual, a lo largo del recorrido del rayo, suele alcanzar temperaturas de más de 15.000 °C; y lo que percibe nuestro oído en forma de trueno no es sino la percusión que origina la repentina y violenta dilatación del aire, provocada por dicho calor. Ahora bien, la enorme energía de los rayos no puede aprovecharse de ningún modo.

Ya los griegos observaron otro efecto de la electricidad, aunque ignorasen que el fenómeno en cuestión era, de hecho, idéntico a los rayos lanzados por Zeus, el padre de los dioses: si se frotaba con fuerza un pedazo de ámbar, este producto atraía polvo y pedacitos de hilo. Ahora bien, en griego el ámbar recibe el nombre de élektron. En 1600, el físico inglés William Gilbert acuñó, derivándola del término griego, la palabra «electricidad», para indicar la fuerza que se relacionaba con este fenómeno natural, la cual era, en el siglo XVII, objeto de asiduas investigaciones. Se inventaron extraños artilugios, como las «máquinas eléctricas», para producir el fenómeno con más facilidad y en mayor medida, y así se identificaron las chispas eléctricas. En 1752, Benjamin Franklin demostró que el rayo no era más que una descarga eléctrica.

Los fenómenos objeto de tales averiguaciones eran producto de lo que hoy llamamos electricidad «estática», pues no se trata de los efectos de un flujo de corriente, sino de las consecuencias de una acumulación estática de electrones en un punto determinado. Puesto que los electrones tienen carga negativa y, como ya se ha dicho, cargas del mismo signo se repelen, estas acumulaciones implican la presencia de violentas fuerzas repulsivas, o bien tensiones que, cuando alcanzan valores lo bastante altos, pueden descargarse en forma de chispas. Ahora bien, salvo por lo que se refiere a los rayos, la energía que se libera por medio de la electricidad estática es, en todos los casos, bastante limitada.

El primer encuentro con la «corriente eléctrica», es decir, con los electrones en movimiento, lo tuvo en 1786 el médico italiano Luigi Galvani, quien dio nombre a los fenómenos correspondientes (electricidad «galvánica»). El científico estudiaba una presunta «electricidad animal», en cuya existencia le había inducido a pensar la observación de que las ancas de una rana recién muerta se contraían si cerca de ellas saltaba una chispa de electricidad estática; por otra parte, había comprobado que las ancas del batracio, que había colgado mediante un ganchillo de cobre a una percha de hierro, experimentaban violentas contracciones aun faltando la chispa, sólo con tocar la percha. Galvani creyó así haber identificado la electricidad animal, que suponía diferente de la obtenida, por ejemplo, mediante frotación; en realidad, no había descubierto sino que, por efecto de una corriente eléctrica, los músculos se contraen, exactamente igual corno sucede en cualquier organismo vivo en todas las ocasiones en que se excitan las fibras musculares.

Antes de que se difundiera el uso de la electricidad, la iluminación de la vía pública se efectuaba con lámparas de gas, como se advierte en esta imagen de 1887

La pila de Volta

Alessandro Volta (en honor del cual se creó la palabra voltio para designar la unidad de tensión eléctrica) estudió más atentamente el fenómeno, y en 1800 invento la pila eléctrica, en la que la electricidad es producida por vía química.

Si dos, metales (en la pila construida por Volta, plata y zinc; en el caso de las observaciones de Galvani, como se ha visto, cobre y hierro) se sumergen en un líquido conductor (en los experimentos de Volta, papel impregnado de una solución salina; en los de Galvani, la humedad de las ancas de la rana), entre uno y otro metal se crea una tensión eléctrica. Si, a continuación, ambos metales, que constituyen los polos o electrodos, se unen por medio de un hilo (en el caso de Galvani, el mismo efecto se obtenía por el contacto inmediato de las ancas de la rana con la percha), se provoca el paso de una corriente eléctrica. De este modo, Volta creó la primera fuente artificial de electricidad «galvánica», es decir, consiguió un flujo de electrones. El uso continuado de una pila provoca el desgaste del zinc, ya que, dentro de ciertos límites, el funcionamiento de una pila puede compararse con la combustión del carbón: si el carbón que arde en un horno produce calor, el zinc (u otro metal) «arde» en una pila y produce electricidad.

Pilas iguales a la de Volta son las que aún hoy utilizamos en nuestras linternas, en las que, por lo general, se reúnen varios elementos en una «batería» para obtener tensiones mayores, pues un único elemento produce sólo 1,5 voltios.

El magnetismo

En 1819, Hans Christian Oersted comprobó que un hilo recorrido por una corriente eléctrica provoca el desplazamiento de la aguja de la brújula, o sea, que la corriente eléctrica tiene efectos magnéticos.

Este rotor de alternador pesa unas 200 toneladas

El magnetismo es conocido desde fines de la Edad de Hierro, es decir, desde hace unos 3000 años, porque existe un material ferroso, la magnetita o calamita, que tiene cualidades magnéticas. El nombre del mineral probablemente se debe a que fue hallado por primera vez en la región de Magnesia (Grecia). La calamita presenta la propiedad de atraer limaduras de hierro o de retenerlas. También se puede transformar una lámina de hierro común en hierro magnetizado (es decir, en un imán), uniéndola a un pedazo de calamita y martilleándola ligeramente. Una lámina magnética de este tipo se orientará en dirección Norte-Sur en cuanto se la deje libre. De este modo surgió, hace casi siete siglos, la brújula, cuya «aguja» indica a los navegantes el Norte magnético terrestre (que no coincide exactamente con el geográfico).

El alternador (en fase de montaje) que presenta la ilustración tiene un diámetro interior de 1,87 metros, y producirá 400.000 Kw.

Todos los imanes tienen dos polos, definidos como Norte y Sur según la dirección que adopta la aguja de la brújula. También es fácil observar que los polos de los imanes sólo se atraen si son de signo contrario; en cambio, los del mismo signo se rechazan, tal como hacen entre sí, asimismo, dos cargas eléctricas positivas o bien, dos negativas.

Hoy se sabe que el magnetismo se debe a las propiedades magnéticas que poseen los electrones. En consecuencia, los fenómenos eléctricos y los magnéticos se hallan indisolublemente unidos, relación que ya Oersted había advertido, al comprobar que un hilo recorrido por una corriente eléctrica atrae la aguja magnética. Si el hilo en cuestión está arrollado en forma de bobina, cada espira de ella ejercita su propia fuerza magnética según una misma modalidad, de modo que el efecto magnético se multiplica con el número de espiras. En 1825, William Sturgeon arrolló un hilo alrededor de un núcleo de hierro y comprobó que la fuerza magnética aumentaba de forma notable. Ello se debe a que el hierro tiene tendencia a magnetizarse, o, por expresarlo con más exactitud: el hierro es un excelente conductor magnético.

Con su experimento, Sturgeon descubrió el electromagnetismo, cuya utilización práctica abarca desde los timbres de las puertas al telégrafo y los gigantescos aparatos de investigación de la física atómica, y que constituye la fuente de la fuerza motriz en todos los electromotores. Después de los descubrimientos de Sturgeon, el aprovechamiento del electromagnetismo constituía un paso tan obvio que apareció simultáneamente en varios países el electromotor, compuesto, en esencia, por un potente imán en forma de herradura, frente al cual, o entre los polos del cual, puede girar, alrededor de su propio eje, un electroimán, el llamado «rotor». Si al rotor se le suministra corriente, los polos que con ello se constituyen serán atraídos por los de signo contrario del imán fijo, el «estator». El rotor girará hasta que los polos del mismo signo no se correspondan; ahora bien, si cuando ello ocurra se invierte la dirección de la corriente, se obtendrá también en el rotor una inversión del magnetismo, con la consecuencia de que entonces los polos se repelerán; por tanto, el rotor volverá a girar 180°, hasta que los polos de signo opuesto se hallen uno frente a otro, y así sucesivamente. El suministro de corriente al rotor se hace de modo que la inversión se efectúe en el preciso momento en que los polos del mismo signo se corresponden, y el dispositivo que invierte la dirección de la corriente es el conmutador.

Ya en épocas pasadas se había intentado accionar locomotoras con motores eléctricos de este tipo. Pero como las fuentes de energía eran exclusivamente pilas, dada la baja potencia de éstas, resultó imposible llevar a la práctica el intento; entonces aún no se había llegado a la conclusión de que se puede obtener energía mecánica de la electricidad sólo en proporción a la cantidad de energía eléctrica disponible. La ley de la conservación de la energía no se enunció hasta 1842. Hoy, estos motores eléctricos sólo se construyen para potencias limitadas.

El electromagnetismo y la dinamo

Turboalternador de 300.000 Kw. de potencia.

La comprobación de que la corriente eléctrica puede producir magnetismo indujo a Michael Faraday a preguntarse si no cabría proceder también a la inversa y obtener corriente eléctrica del magnetismo. Se dice que Faraday llevaba siempre consigo una plaquita magnetizada y una bobina de hilo metálico, con los que jugueteaba muy a menudo; y a quienes le preguntaban qué hacía, contestaba: «No lo sé; pero dentro de cien años se pagarán impuestos por lo que estoy haciendo».

Respuesta que podría valer para muchas investigaciones científicas, que al principio parecen carentes de sentido. Ya en 1831, en efecto, Faraday había descubierto la «inducción electromagnética », es decir, que cuando una bobina metálica se mueve en un campo magnético se origina una corriente eléctrica. Si se invierte la dirección del movimiento o del campo magnético, también la corriente muda de dirección.

Con esto se había hallado una posibilidad nueva de producir corriente eléctrica, ya que a partir de entonces era posible transformar energía mecánica en electricidad; de hecho, se requiere energía mecánica para mover una bobina en un campo magnético, siempre que con ella se pretenda producir electricidad. Hoy, toda la corriente que transportan nuestras líneas eléctricas procede de generadores de este tipo: los de las modernas centrales accionadas por turbinas de agua o de vapor, que no son sino el fruto de la aplicación, llevada a la perfección técnica, del principio de la inducción electromagnética.

Como se ha dicho, los generadores que se construyeron en otro tiempo consistían en un rotor provisto de una bobina, que se movía entre los polos de un pedazo de magnetita, o bien, de un imán que se desplazaba respecto a la bobina. Todavía se emplean generadores de este tipo en los aparatos destinados a ciertas mediciones eléctricas, en las dinamos de bicicleta, en los motorcitos de algunos juguetes, en los cuentarrevoluciones magnéticos que se instalan en los automóviles, etc. Las potencias suministradas por estos dispositivos son reducidas porque la fuerza del imán es limitada.

En 1866, por fin, fue posible obtener grandes potencias; y la solución del problema recuerda una aventura del barón de Münchhausen, aquella en que, tirándose de sus cabellos, el célebre embustero se sacó a sí mismo y a su caballo del cenagal en que habían caído.

Tanto Werner Siemens como Charles Wheatstone inventaron independientemente uno del otro, la dinamo. Es una máquina eléctrica del tipo ya descrito, pero en la que el rotor se mueve en un campo electromagnético.

La idea original consistía en que el electroimán ya no era, como antes, inducido por la débil corriente de pilas eléctricas, sino por la corriente que generaba la propia dinamo. Se obtuvieron así tensiones inimaginables con anterioridad, las cuales, a su vez, producían corrientes magnéticas intensas, y éstas un campo magnético más fuerte, que inducía en las bobinas una tensión más alta. En estos generadores, por tanto, la corriente y la tensión no quedan limitados por la debilidad de las pilas eléctricas o del imán, sino sólo por la sección transversal de los conductores utilizados, por la eficacia del aislamiento y la sensibilidad del hierro a la magnetización. Sólo recurriendo a ellos es posible transformar en corriente eléctrica potencias mecánicas casi ilimitadas.

En 1882, Thomas Alva Edison inauguró en Nueva York la primera central eléctrica del mundo, dotada de seis dinamos de 110 voltios, capaces de suministrar corriente para alimentar siete mil doscientas bombillas eléctricas de las que inventara el propio Edison. Así se inició la era de la utilización práctica de las corrientes de alta tensión.

Sin embargo, aún no era posible proceder a un transporte eficaz de la energía según los módulos actuales.

El gran problema del transporte de corrientes de alta intensidad a larga distancia consiste en las pérdidas que se verifican a lo largo de la conducción. Todo material se caracteriza por oponer cierta «resistencia» al paso de los electrones, resistencia que en el caso de los aisladores puede ser prácticamente ilimitada, mientras en los buenos conductores es bastante reducida. Para superar tales resistencias, los electrones ceden parte de su propia energía a las moléculas del conductor, es decir, lo calientan.

Dicho fenómeno se aprovecha en los aparatos térmicos que funcionan por medio de la electricidad, tales como chapas de hornillos, calentadores de inmersión, planchas, etc., así como en las bombillas, en las que conductores debidamente calibrados se calientan merced al flujo de electrones. La cantidad de calor aumenta con el cuadrado de la intensidad de la corriente eléctrica que recorre el conductor; en otras palabras, cuando la intensidad se duplica, la producción de calor se cuadruplica. Se trata de una propiedad que si bien resulta útil en lo que se refiere a la construcción de aparatos termoeléctricos, implica grandes dificultades por lo que respecta a la red de distribución de energía. También el cobre, que presenta escasa resistencia, se calienta, aunque menos que otros conductores; para transportar corrientes de gran intensidad se recurre, pues, a hilos de cobre de gruesa sección transversal. Pero estos hilos tienen la desventaja de su alto coste, sin contar con que cuando el hilo es muy largo, aunque la sección sea notable, se producen pérdidas de tal magnitud que, al fin, queda muy poca corriente para el usuario.

Sin embargo, manteniendo la misma potencia, cabe limitar las pérdidas que se originan en forma de calor; basta para ello con aumentar la tensión. Si ésta se duplica, será suficiente con la mitad de la corriente, mientras las pérdidas se reducirán a la cuarta parte. El aumento de tensión tropieza, a su vez, con límites precisos, tanto por lo que respecta a los generadores como a los usuarios. Las altas tensiones requieren dispositivos eficaces de aislamiento, cuya instalación inutiliza un espacio precioso; por otra parte, estas instalaciones aisladoras, como se sabe, son peligrosas, hasta el punto de que, como se lee en los letreros, implican «peligro de muerte». Por estas razones, en las aplicaciones domésticas no se supera casi nunca la tensión de 220 voltios.

Corriente alterna y corriente continua.

El hecho de que hoy, a pesar de todas estas dificultades, se logre transportar a centenares de kilómetros centenas de millares de kilovatios se debe a una propiedad de los generadores, que al principio causó no poca perplejidad a los proyectistas. Cuando se hace girar un rotor con su bobina en un campo magnético, el rotor pasa alternativamente ante un polo norte y un polo sur, con la consiguiente inversión de la dirección de la corriente. Si la corriente así generada se retira mediante escobillas, constituidas por una mezcla de grafito y polvo metálico dispuesta sobre anillos metálicos, se obtiene una corriente alterna, es decir, una corriente que a cada rotación del rotor (es decir, a cada “período”) cambia dos veces de dirección. Si, en cambio, se precisa una corriente cuya dirección permanezca constante (corriente continua), hay que instalar dos conmutadores (a los que ya aludimos al referirnos a los motores eléctricos), gracias a los cuales, en el momento en que se invierta la dirección de la corriente se cambien también las conexiones de unión entre la bobina y las escobillas.

En cambio, cuando basta con la corriente alterna, cabe la posibilidad de aumentar y rebajar a voluntad la tensión recurriendo a los transformadores, máquinas eléctricas estáticas (es decir, carentes de órganos móviles) que convierten la corriente alterna de una intensidad y tensión dadas en corriente de intensidad más alta y menor tensión, o viceversa.

Si se arrollan dos bobinas diferentes en torno a un núcleo de hierro y se suministra a la primera de ellas corriente alterna, se obtiene un «campo alternado», es decir, un campo magnético cuya dirección cambia con el ritmo de la propia corriente alterna; el campo en cuestión induce en el segundo arrollamiento una corriente alterna, cuya tensión se puede cambiar variando el número de las espiras. Así se puede transformar una corriente alterna de baja tensión y alta intensidad en otra corriente, ésta de alta tensión y baja intensidad.

Los transformadores representan el huevo de Colón en el transporte de la energía. Para reducir las pérdidas en el tendido conviene disponer de altas tensiones e intensidades bajas, Pero, como se ha dicho, los aparatos que utilizan la corriente deben funcionar a tensiones no demasiado elevadas, por razones de seguridad. Ahora bien, es posible obtener ambas condiciones a la vez instalando entre el tendido y el usuario un transformador, lo cual permite transportar la energía con poquísimas pérdidas y reducirla, en el domicilio del consumidor, a una tensión que no resulte peligrosa.

El primer transporte de energía mediante este principio se llevó a cabo el mismo año en que Edison inauguró la primera central eléctrica: Oskar von Miller, con ocasión de una feria internacional de la electricidad que se celebró en Munich en 1882, consiguió transportar, utilizando un hilo telegráfico común, una corriente de 1,5 CV a 57 kilómetros de distancia, logro que tuvo resonancia mundial. Pocos años más tarde se transportaba el equivalente de 300 CV desde Heilbronn a Francfort del Main, ciudad distante unos 180 kilómetros; la tensión era de 15.000 voltios, magnitud que en aquella época parecía espantosa. Hoy se opera con tensiones de cientos de millares de voltios y los tendidos transportan corrientes de tal potencia que los cables se calientan hasta 70° C; de este modo, se transportan millones de kilovatios a distancias de hasta mil kilómetros.

Tendidos de este tipo sirven también para proporcionar energía a las locomotoras eléctricas; en este caso se recurre a tensiones de 15.000 ó 25.000 voltios, con lo que la intensidad de la corriente permanece por debajo de los mil amperios y puede ser descargada sin dificultad por un «tercer conductor», constituido por un cable aéreo, o bien, por un raíl suplementario.

Para el transporte a distancia de la corriente se utilizan, por lo general, tendidos aéreos; sólo en casos particulares se recurre a los subterráneos, constituidos por cables eléctricos (los aéreos, en cambio, se componen de cables conductores al descubierto, sostenidos, mediante aisladores idóneos, a gruesas torretas metálicas), porque los problemas inherentes al aislamiento y la refrigeración de la línea se caracterizan por su mayor complejidad y por su más difícil solución,

Se ha imaginado también otro sistema tendente a simplificar el transporte de energía. Consiste en dotar a los generadores, no de una bobina, sino de tres, colocadas a 120° una de otra. Cada una de ellas suministra una corriente alterna, y tres corrientes alternas así «conectadas» no requieren línea de retorno cada una, porque el cable de suministro de una de ellas sirve para el retorno de las otras dos. Se obtiene así la «corriente trifásica», para cuya distribución bastan tres conductores. Esta es la modalidad más difundida de transporte a distancia de la energía, como se puede comprobar observando los tendidos eléctricos: casi todos presentan tres cables, o bien, grupos formados por tres cables.

Como es obvio, este tipo de corriente requiere electromotores diferentes, cuya construcción, por una parte, resulta más compleja, y por otra más sencilla, que la de los motores de corriente continua. Ahora bien, todos ellos se basan en el principio de la atracción magnética de los polos de signo opuesto. Trátese de motores sincrónicos, de conmutador o de inducción, se han convertido en servidores indispensables del hombre, pues accionan muy variados aparatos, desde relojes a aspiradoras, de frigoríficos a lavadoras y gigantescas laminadoras, haciendo que a veces olvidemos el hecho sorprendente de que nunca usamos la electricidad como tal, sino siempre transformándola según nuestras necesidades.

La electricidad en sí sólo sirve como medio de transporte de la energía, campo en el cual predomina casi sin discusión. Su signo distintivo son los cables aéreos que todos hemos visto, los cuales confieren una nota particular al paisaje moderno y pueden considerarse, sin duda alguna, como el símbolo de la energía y de la victoria sobre la distancia.

 

 

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